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Cooperando

Me encarga mi sobrina C., dilecta por consanguinidad y también por haber sido lo suficientemente insensata como para licenciarse en Periodismo, un artículo laudatorio sobre la Fundación Mary Ward, auspiciada por las monjas irlandesas y cuyo trabajo con las niñas más desfavorecidas de India, que ya es decir, se me antoja digno de todo encomio. Seis semanas de cagaleras e incomodidades de toda índole no la han convencido para que, en las próximas vacaciones, cambie el voluntariado por el confort de un resort en el Caribe, y aguanta estoica el ripio que los más cínicos dedicamos a estos aspirantes a la mamandurria del llamado tercer sector: «Cooperante copulante», bromea siempre un amigo con muchos trienios a sueldo de FAO, AECI y otras gentes de mal vivir. Esta muchachada criada en el consumismo, pero desesperada por encontrar una cierta forma de espiritualidad imprescindible para alcanzar la plenitud, se muestra generosa aunque errada, pobres míos, ya que se han tragado el manual de la progrez más hedionda: ecología, animalismo, nuevas masculinidades... Bah, un sarampión juvenil que ya se pasará. (Nosotros, con su edad, esnifábamos farlopa en fines de semana alternos; y aunque parece claro que el izquierdismo buenista es una extravagancia acarreadora de secuelas cerebrales más serias que los estupefacientes, hay que confiar en que alcancen la edad adulta sin daño irreversible.) Lo cierto es que hay que ser muy valiente y muy altruista para consagrarle un verano a los que no tienen casi nada porque estas crías, por carecer, carecen hasta de futuro. Y si encima la experiencia sirve a una periodista en ciernes para comprobar que, más allá de este Papa catastrófico que padecemos, instituciones dependientes de la Iglesia Católica sostienen una obra social enorme, mejor que mejor.

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