«En Facebook nadie te coge la mano»

Entre la soledad y el goce poético. La escritora ha sido homenajeada en el Día del Libro

Entre la soledad y el goce poético. La escritora ha sido homenajeada en el Día del Libro

A sus más de 90 años Julia Uceda (Sevilla, 1925) no le tiene miedo a la muerte ni le tiembla el pulso para mandar mensajes por WhatsApp como una quinceañera. Tampoco consiente que le acerquen el café ni que la tengan por tonta «al ser mujer y encima vieja» mientras se enfrenta a una sociedad que se asoma al vacío de las redes sociales sin preguntase para qué se ha venido a este mundo. «La tontura no tiene edad, la falta de inteligencia tampoco», un lema con el que despacha a los que quieren tomarle el pelo.

–Le acaban de dedicar el Día Internacional del Libro en Andalucía.

–Me parece muy impresionante porque hay muchos escritores en Andalucía muy impresionantes que se lo merecen. Estoy muy contenta porque es mi tierra, aunque haga mucho tiempo que no viva en ella.

–¿Desde cuándo?

–Desde 1965, yendo y viniendo, la verdad.

–¿Y cómo la ve?

–Pues es muy complejo porque en algunos sentidos está bien pero en otros me gustaría que estuviera mejor. Tampoco puedo decir que conozco profundamente los problemas que tiene ahora, conozco muchos, y en ese sentido creo que se ayuda mucho a la mujer que está abandonada y maltratada, pero claro, habría que educar a todo el mundo para que aceptaran determinadas situaciones.

–¿Cómo se enfrentó a los retos de las mujeres de su generación?

–No me enfrenté a nada, la verdad, porque hice solamente lo que quería, ser una universitara no una mujercita de mi casa, aunque he aprendido a guisar y me gusta mucho la repostería. Yo no estaba luchando activa y conscientemente como están haciendo ahora muchas mujeres porque hay casos terroríficos.

–Pero un día decidió dedicarse a la poesía. ¿Cómo se llega a ese punto?

–Pues no lo sé, supongo que trabajando, pensando, enfrentándome con la realidad. Eso es todo, es muy difícil y duro pero tanto el hombre como la mujer tienen que ser conscientes de sí mismos y dar testimonio de la vida y del mundo en el que están. No se puede pasar como una sombra, aunque tampoco como críticos sino como personas conscientes. Ahora el mundo es otra cosa, porque Sevilla se queda muy pequeñita, ¡es el mundo del mundo!

–¿Sabe ya para qué vino a este mundo?

–Pues no, pero eso se va sabiendo después. Cuando sientes que tienes que colaborar, para ayudar para tomar partido.

–Vivir y tomar partido no es más que una lucha, mucho más como poeta.

–No sólo como poetas, sino también como escritores, porque da igual que escriban con renglones cortitos o largos para llenar toda una página.

–Dios ya pone los renglones torcidos.

–Sí, en cierto modo sí (risas).

–En el poema «Nada se oye» deja claro que estamos realmente solos...

–Es la conciencia de preguntarse si nos comunicamos o no. Me divierte mucho Facebook, todos somos amigos, pero cuando te estás ahogando, cuando te pasa algo gordo, ¿te pueden ayudar? Aunque quisieran no pueden. Facebook es una mentira piadosa, pero no quiero criticarlo, pero la buena intención es una mentira. Hay mucha ayuda allí, pero en Facebook nadie te coge la mano. Recomiendo que se vuelva a leer «Fahrenheit 45» de Ray Bradbury, ya estamos ahí porque el ser humano está muy sólo y muy perdido. Durante un tiempo la Iglesia te vendió que te ibas al cielo o al infierno y ahora nadie te lo puede vender, porque no te vas a ir a ninguna parte. Se está sólo, hay que buscarse su propio camino.

–Sin cielo ni infierno, ¿qué nos queda?

–El cielo y el infierno en la tierra, que no es poco, ¿o crees que no?

–Pues no lo sé porque en general tengo muchas preguntas y sólo unas cuantas certezas. Sí creo que Dios es un lugar en el que proyectamos nuestro dolor...

–El dolor y la alegría.

–¿Qué fue para usted irse a Estados Unidos?

–Pues una alegría muy grande, pues allí pude conocer a muchos escritores españoles que aquí eran desconocidos, como Ramón J. Sender. Estando yo todavía en España me llegó un libro de poemas de un señor que yo no sabía quién era. Cuando lo leí quise hacer una crítica pero no encontré nada sobre él y le pregunté a un profesor que me dijo que era un anarquista. Eso era todo lo que se sabía, pero cuando fui a Estados Unidos lo conocí, era una persona maravillosa. Él siempre fue Pepe Garcés, el de «Crónica del alba», con 80 años era un niño.

–¿A usted le pasa lo mismo, sigue siendo una niña?

–No, pero tampoco sé cuál es tu criterio sobre lo que es un niño.

–Pues alguien que mantiene la capacidad de asombrase.

–A Alicia la cito muchas veces, pero no está mal que cada uno queme una parte de la pureza, de la niñez. Hay un poema en el que hablo de esto, porque yo era la mayor de mis hermanos y cuando fueron llegando yo preguntaba que de dónde venían. No teníamos la instrucción de los niños de hoy, pero eso lo pregunté hasta que la pregunta fue que dónde estaba yo. Claro, entonces cambiaron las cosas, por eso el poema es una metáfora. El intelectual o el que tenga dos dedos de frente debe de actuar sabiendo el mundo en el que se encuentra y no se trata de mandar 500 euros a una ONG. Se trata de protestar.

–Pues yo ya hace tiempo que no veo a ningún intelectual en este país. ¿Dónde están?

–No lo sé, porque se ha confundido la calidad con la cantidad. Se han publicado 2.000 libros, estupendo, pero ¿qué valor tienen? Hay gente que escribe porque está de moda, pero hoy en día se queman los libros, de muchas maneras.

–¿Le tiene miedo a algo?

–Al dolor, a la muerte en absoluto, pero al dolor físico sí. ¡No es miedo, es que es incómodo!