Gibraltar y la chumbera

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Sólo quien no haya pisado más de dos ratos el campo o quien sea obstinadamente masoquista se atreve a coger higos chumbos después del amanecer. Las espinas son pelos con el rocío y cristales con el «lorenzo». La recolección del higo, como cualquier otra técnica, requiere sus reglas y tiene sus negociados que no son cualquier cosa. La negociación sobre Gibraltar, a cuento de la salida del Reino Unido de la Unión Europea, consigue el parecido de una chumbera conforme va haciéndose de noche en la comarca. Sin empleo no hay ni pelos ni cristales ni higos ni higas ni nada. Y los llanitos no dejan de advertir del peligro que corren los miles de trabajos transfronterizos. En el contexto, el continente y la isla acuerdan el brexit; en medio, España y Gran Bretaña lo hacen bilateralmente sobre el Peñón, la chumbera británica, junto a Menorca, que se zampó Felipe V como quien se come un par de chumbos a la hora del ángelus. A la madrugada, en medio de la noche, Molly Bloom, la Penélope del Ulises de James Joyce, recordó su niñez en el Peñón y volvió a decirle que sí a su marido, que roncaba a la vez que emitía dióxidos de azufre de diversa graduación. Y la protagonista dijo que sí justo después de rememorar las chumberas de su juventud en Gibraltar. Ni que no ni que sí, el ministro Alfonso Dastis no ha dicho nada. Antes diplomático que fraile, al jefe del despacho de Exteriores jerezano se le añade al ya de por sí espinoso de Cataluña el frente llanito. Son dos cuestiones capitales. No estuvo diestro Dastis en el modo en que comunicó o mandó comunicar la cuestión catalana al mundo. Con la negociación del brexit se le adivina una reválida. Están el aeropuerto, el contrabando, la transparencia fiscal y, cómo no, los trabajadores transfronterizos: una ristra de chumbos y chumberas.