Machado viene de macho

Se autorretrata el poeta: «Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido / –ya conocéis mi torpe aliño indumentario–, / mas recibí la flecha que me asignó Cupido, / y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario». Antonio Machado, más de treinta años muy vividos, presume de sus conquistas galantes unos meses después de haber conocido a Leonor Izquierdo, con quien se casará apenas la muchacha haya cumplido los quince. Transcurrido más de un siglo, hoy en día sería imposible la publicación de «Campos de Castilla», una de las obras indispensables de la Literatura en español. En Estados Unidos, un icono como Woody Allen debe defender la idoneidad moral de ¡¡sus ficciones!! porque a cierto lobby feminista le parece de mal gusto su fantasía, mientras en Francia, un centenar de intelectuales y artistas –todas mujeres, con la divina Catherine Deneuve a la cabeza– se han visto obligadas a publicar un manifiesto contra el puritanismo lampante, un genuino estupro moral, que allí se relaciona directamente con la penetración del Islam en la otrora libérrima república. De repente, retrocedemos tres cuartos de siglo en materia de libertades sexuales y lo que a Brigitte Bardot le parecía un divertido juego erotizante, lo toma Cristina Almeida como una agresión. (Huelga especificar quién de las dos merece más crédito y cabe el dicho baturro: «¡Sabrá el burro cuándo es día de fiesta!») Machado, de momento, se salva aquí de esa hoguera en la que en su día quisieron quemar al maestro Umbral a quien gustaban «las adolescentes en fleur, pero no puedes invitarlas a una Mirinda porque enseguida te llaman menorero». El pensamiento socialdemócrata involuciona hacia una vuelta a la identificación entre el pecado y el delito; hacia un nuevo periodo de oscuridad para la Humanidad.