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Pura de Cabra

Ilustre egabrense gracias al latín e igual de lustrosa que su paisano José Solís Ruiz, falangista cabal al que motejaron «la sonrisa del régimen» y sobre quien se clavó el dardo certero de un defensor de la enseñanza de las lenguas clásicas, Carmen Calvo Poyato siempre ha deslucido en la comparación con su hermano José, alcalde que fue de Cabra por el Partido Andalucista y eminente historiador. La pregonada «mujer fuerte» del inminente Gobierno, sin embargo, es mucho más ilustrada de lo que susurran sus maledicentes adversarios –los más encarnizados, sus conmilitones del PSOE–, que le recordarán ahora hasta la saciedad un desliz: «El dinero público no es de nadie», dijo en 2004, nada más tomar posesión del Ministerio de Cultura en el primer gabinete de Zapatero. Nunca tuvo gran predicamento Calvo en su partido, por cuya emigración a Madrid brindaron los socialistas pata negra de la banda de Chaves: «Con esta tontuna de la paridad, nos hemos librado de ella y de Maleni». Griñán, luego, terminó de orillarla para integrar en la «famiglia» a su amiga (de él) Rosa Aguilar y pasó a la reserva hasta reaparecer en tromba cuando se la daba por amortizada: pedrista de primera hora, negoció en otoño con el PP la aplicación del 155 en Cataluña sin que nadie pueda afearle su españolismo cerril, ya que se le debe la decisión de la entrega a la Generalidad del Archivo de Salamanca. En un ecosistema de lechuguinos y lechuguinas de cuota, los sesenta tacos muy bien cumplidos de Carmen Calvo, cuyas formación y labor docente superan el más exigente de los escrutinios, marcan abismales diferencias. Como lleva un cuarto de siglo en el candelero, o en el candelabro, es fácil encontrar un motivo para la chanza a su costa. Pero lo útil es aprovechar los puentes de interlocución, que no sobran.

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