¡Qué no se escape!

La Razón
La RazónLa Razón

Los seres humanos sólo podemos ver las cosas por fuera. Para verlas por dentro tendríamos que estar dentro de ellas. Como esto es imposible para nosotros, nuestro conocimiento de todas las cosas es incompleto. Incompleto es el conocimiento objetivo de las ciencias. El conocimiento científico nos ha servido para entender el mundo, pero no la vida humana. No hay manera de entendernos del todo los seres humanos. Todo conocimiento objetivo se revela imperfecto cuando uno se encuentra ante su semejante. Me viene aquí a la memoria un poeta castellano, Antonio Sánchez Zamarreño:

«Muchos necesitan sellar, con palabras, todas las salidas para que no se escape el hombre que languidece dentro»

Lo cierto es que la vida «que languidece dentro» se escapa siempre. No se deja explorar más allá de su superficie. Cuando al conocimiento científico lo llamamos «objetivo», lo que estamos expresando, en realidad, es nuestra limitación para ver más, esto es, nuestra ignorancia. Las cosas son lo que «objetivamente» son porque las vemos tal como las vemos: por fuera. Por dentro no podemos verlas. Pero, como nos falta humildad, le damos la vuelta a la situación y decimos lo contrario: que las cosas las vemos tal como las vemos porque son como son.

De ese modo, diciendo lo que vemos y no lo que es, no se nos podrá escapar ese sentimiento de languidez que el poeta adivina en el interior de cada ser humano. Si lo esencial en la vida es algo «objetivo», es decir, algo que todos podemos ver o tener delante -»ob-jeto» es lo que tenemos delante-, ¿qué cabe ya decir de lo que no tenemos a la vista, de lo que permanece dentro de nosotros mismos? ¿que es subjetivo? Pero ¿a quién le interesa lo subjetivo? Lo subjetivo, lo que uno siente dentro, ¿no es cierta languidez?