La mujer que le clavó un cuchillo a Agatha Christie

Josephine Tey regresa a las librerías con «Un chelín para velas», novela que la confirmó como la reina del suspense

La escritora Josephine Tey
La escritora Josephine Tey

Josephine Tey regresa a las librerías con «Un chelín para velas», novela que la confirmó como la reina del suspense

Cuando Agatha Christie era la reina del misterio, había una escritora escocesa de las Highlands que se reía de lo lindo. ¿Reina? Por qué no peonza o tetera. Parecen descripciones mejores. El crimen no puede tener reinas. Lejos de la mirada pública, aburrida de un mundo externo que sólo quería ruído y reglas, esta mujer decidió volar por los aires todos los tópicos de los «whodunit» y llevar la novela criminal inglesa a nuevas cotas. Las damas del Detective Club como la propia Christie, Dorothy L. Sawyers o Ngaio Marsh habían encontrado la fórmula de la coca cola con sus asesinatos domésticos y detectives certeros, pero esta mujer decidió añadir un poco de veneno a la fórmula y convertir sus historias en imprevisibles e imaginativas odas al desconcierto. Su nombre, Josephine Tey, acabó por robar todo el prestigio a estas señoras del crimen. Las convirtió en viejas en plena eclosión de su millonario éxito.

El 25 de julio de 1896 nacía esta escritora bajo el nombre Elizabeth MacKintosh. Su familia le llamaba Beth, pero a ella no le gustaba y empezó a escribir obras de teatro bajo el nombre Gordon Daviot. Tuvo un éxito temprano en el teatro, trabajando codo con codo con actores como John Gielgud, pero su genio se despertó con las novelas de misterios para quien utilizó el nombre de Josephine Tey. Sus tres nombres le permitieron compartimentar su vida y salvaguardar mejor su privacidad, su más ansiado tesoro. Su introversión era tan patológica que ni sus amigos sabían quién era de verdad esta mujer. Tanto es así que, más de 60 años después de su muerte, no existe biografía definitiva de su obra. «Puedo decir que fui amigo suyo, pero no recuerdo nunca que me hablase de su infancia o de sus ambiciones. No permitía ninguna intimidad», confesaba Gielgud el día de su muerte.

Cuando escribía, se encerraba por completo sin distracción alguna, lo que se nota en sus novelas por su concisión y marabarismos de ingenio. Sin embargo, cuando acababa no dudaba en dejarse unos días a la ociosidad más banal y maravillosa, devorando chocolate estirada en su cama. «Uno de los secretos de una vida exitosa es saber como ser rentablemente loco. Porque si piensas el suficiente tiempo en lo impensable todo se convierte en bastante razonable», aseguraba esta misteriosa escritora de novelas de misterio.

La editorial Hoja de Lata sigue con el rescate de sus obras maestras con la reedición de «Un chelín para velas», novela que Alfred Hitchcock utilizaría para filmar «Inocencia y juventud». En los últimos años ya nos había redescubierto genialidades como «Patrick a vuelto», «El caso de Betty Jane» o «La señorita Pym dispone». En esta ocasión, su detective fetiche, Alan Grant, aparece para resolver el extraño crimen de una actriz de Hollywood aparecida muerta en un playa. La historia tiene misterio, humor, personajes estrafalarios, ingenio afilado y turbulenta psicología moral donde nada será lo que parece. «Al contrario de las escritoras de la edad dorada de la novela de misterio, Tey nunca tuvo miedo en presentar resoluciones complejas y no convencionales con la voluntad de dejar al lector inquieto», asegura el escritor Val MacDermid.

Aunque su verdadera obra maestra es «La hija del tiempo», con Alan Grant recluído en la cama de un hospital con la pierna rota intentando averiguar la verdad detrás de Ricardo III. La imaginación y la osadía que se necesitan para escribir una novela de misterio con el detective encerrado es un logro ya por sí mismo. ¿Alguien sabe quién le clavó un cuchillo a Agatha Christie? ¿Alguine le clavó un cuchillo alguna vez? Si solo Josephine Tey pudiese escribir una historia más y descubrírnoslo.