Neil Young, el divino agitador

El músico convierte el Poble Espanyol en un gran templo de la música con un concierto en el que pasado, presente y futuro se reencontraron para sublimar la canción contestataria

Neil Young volvió a encandilar a sus seguidores
Neil Young volvió a encandilar a sus seguidores

El músico convierte el Poble Espanyol en un gran templo de la música con un concierto en el que pasado, presente y futuro se reencontraron para sublimar la canción contestataria.

La expresión «dioses del rock and roll» tiene con Neil Young más sentido que nunca. Desde los años 60 ha sido una especie de ángel vengador, la voz más vulnerable y enérgica, a un tiempo, que se ha escuchado nunca en la historia del rock. Y en directo, cuando esa voz toma cuerpo, sólo hay silencio y veneración, como si hubiese aparecido un santo, uno ajado por el tiempo y la vida, por el amor y el sufrimiento, por la esperanza y el desencanto, pero que irradia verdad y sabiduría. La gente escucha, es irremediable. Y la música toma posesión de la conciencia. Con un único soplido de la harmónica, se instala una especie de paz que arrellana el espiritu, y todos ya son hippies y exclaman, «Aleluya».

Después de su paso por Madrid, había mucha expectación por reencontrarse con este genio del grito en susurros, metido de lleno en la gira de su último disco, «The Monsanto years», y con nueva banda acompañante, Promise of the Real, liderada por los hijos de Willie Nelson, que se han acoplado a la perfección al mito.

Aunque arrancó el concierto en solitario, con dos de sus clásicos imperecederos. Con «After The gold rush», se sentó como sí fuera un vagabundo en busca de cobijo al piano. Con su tradicional sombrero negro, desgarbado, con camiseta y camisa a cuadros, empezó a cantar y la reverencia fue máxima. Siguió con «Heart of gold», levantándose y agarrando su guitarra, como esos musicman de feria ambulante de los años 30 en que nadie reparaba en un principio, pero cuando respiraban y salía un huracanado suspiro, ya nadie podía sacarle los ojos de encima.

El comienzo fue íntimo, un introspectivo canto al paso del tiempo. Después de «Comes a time», le tocó el turno a la impresionante «The needle and the damage done» y aquí el público ya estaba rendido a sus pies, aguantando las lágrimas. En el Poble Espanyol, al contrario de lo que ocurre en los festivales, no se oía nada salvo los suspiros agudos, nasales y rotos del cantante.

Con un lleno prácticamente completo, la única pena era que la media de edad superase los 45 años. Los jóvenes tienen que descubrir a los santos, es importante. Entonces le tocó el turno a «Mother Earth (Natural Anthem)», de nuevo al piano, otro sensible zarpazo al sinsentido de destruir el lugar que nos sustenta.

Sin levantar la voz, hizo estragos, como si se tratasen de las mismísimas trompetas de Sodoma y Gomorra. Cuando dejó de tocar, aparecieron tres hombres con fumigadoras y protección nuclear, un recurso no muy sutil pero que hizo efecto, con el público coreándoles como sí fueran superhéroes y matasen allí delante al villano, El Hombre Contaminador.

Aquí empezó la segunda mitad del concierto, esta vez ya acompañado por Promise of the Real. Bien arropado, ayudándole con unas certeras armonías vocales, Young encontró el eco que necesitaba para elevar todavía más el espíritu. No había descanso, no había pausa, sólo la episódica narración de la auténtica leyenda del tiempo. «Out on The weekend», «From Hank to Hendrix», todo remaba en la misma dirección, del folk rock curtido, al rumor country, la voz y las melodías de Young seguían alcanzando a un público que reconocía su buena estrella, la de estar en el momento y el lugar correcto.