La abuela de San Isidro que salía en el NO-DO

A sus 108 años, Inocencia sigue encarnando el espíritu de las fiestas patronales de la capital desde que su imagen cabalgando en un caballito del carrusel de la pradera se emitiera en todos los cines del país; su sonrisa recuerda a la de una de las mujeres de la cartelería de esta edición.

Mantilla y clavel son los elementos imprescindibles de una buena chulapa. Foto: Javier Fernández-Largo
Mantilla y clavel son los elementos imprescindibles de una buena chulapa. Foto: Javier Fernández-Largo

A sus 108 años, Inocencia sigue encarnando el espíritu de las fiestas patronales de la capital desde que su imagen cabalgando en un caballito del carrusel de la pradera se emitiera en todos los cines del país; su sonrisa recuerda a la de una de las mujeres de la cartelería de esta edición.

Si rebusca en su memoria, el paisaje que ella evoca de la pradera de San Isidro se parece más al que pintó en su día el maestro Francisco de Goya que al que luce Madrid en pleno siglo XXI. De hecho, colocando sobre una línea del tiempo ambas escenas, la que más cerca se encuentra del día en que nació Inocencia es, por impresionante que parezca, la captada por el artista un día de feria allá por 1788. Que a ella, a sus 108 años de edad, le siguen siendo más familiares los elegantes carruajes y las puntillas ribeteando los atuendos más envidiados de su juventud que un no sé qué de un «Punto Morado» o de una tal Oumou Sandaré y sus ritmos africanos. Que para una centenaria acunada por una de esas familias que el destino puso en un lugar con vistas privilegiadas hacia nuestra Historia la Feria de San Isidro sigue significando chotis y churros, claveles y mantón. Y es que, además de la más longeva de la Comunidad –según afirma la familia–, esta mujer encarna el alma misma de las fiestas a las que ayer dimos la bienvenida con el tradicional pasacalles de la Comparsa de Gigantes y Cabezudos de la ciudad y, por supuesto, con la lectura del pregón, marca de salida de estas celebraciones que, como anunciando la llegada del buen tiempo y abriendo la temporada de hombros al aire y vermús de terraza, llenan de espumillón y farolillos casi todos los barrios de la capital.

Inocencia Zofío Cajal nació el 1 de mayo de 1910. Quiso el azar que su madre se pusiera de parto durante un viaje, lo que obligó a la comitiva a hacer un alto en el camino para traerla al mundo lejos de su Madrid, en el municipio cacereño de Valencia de Alcántara. Una casualidad que, a pesar de los estragos que hacen los años en el juicio de las personas, Inocencia narra sin titubeos, con la voz quebrada, pero el entusiasmo intacto: «Mi papá era militar», continúa su relato señalando orgullosa un retrato de Ruperto Pérez, natural de Carabanchel, imagen del casticismo de Madrid, de esos señores que no salían nunca a la calle sin el sombrero puesto. Así lo aseguran las hijas de la protagonista, explicando, además, que fue este hombre de bigote peinado a la moda de los años 20 quien inculcó a Inocencia la pasión por la música y el baile, una fuente de energía que, quién sabe, tal vez haya sido la particular «pócima de la eterna juventud» de esta mujer. «La música es su perdición: charlestón, tango, pasodoble... ¡Si hasta tenemos que ponerle un poco de rock & roll a diario!», desvela Beatriz mirando con ternura a su madre. Así, año tras año, cada 15 de mayo Inocencia acudía a la pradera de San Isidro con la motivación de echar un chotis, o dos, o tres, o los que el cuerpo aguantara, con la que siempre será su mejor y más acompasada pareja de baile: su padre. Antes, venían ensayando en el Casino Militar todos los domingos, donde los dos se dejaban llevar al son de lo que fuera que les permitiera dar unos giros y unos brincos «como peonzas», bromean sus hijas.

Con más de un siglo de edad, Inocencia no ha perdido la coquetería: «La mujer compuesta saca al hombre de otra puerta», le gusta repetir pícara. Carmín rojo en los labios, sombra azul sobre los párpados, rubor rosado en las mejillas y siempre ataviada con todas sus joyas, que adornando su cuello y engalanando sus manos están seguras de que no se las arrebate nadie como le ocurrió en tiempos de guerra. Porque a Inocencia le gusta estar siempre lista para la acción, más si tiene que recibir visitas inusuales que llegan cargadas con cámara, lápiz y papel. Junto a sus hijas Beatriz y Cristina, la más veterana entre las madrileñas abre las puertas de su casa luciendo una rosa blanca en la solapa y una amplia sonrisa de oreja a oreja. Ayudada por un andador y perseguida por la mirada curiosa de su bisnieta, Inocencia guía a sus invitados a un salón que, de un sólo vistazo, habla de pasado: paredes forradas de fotografías en blanco y negro, condecoraciones en nombre de sus antepasados y estantes repletos de recuerdos que a Inocencia la tienen atrapada en un tiempo en el que la vitalidad de su cuerpo acompañaba a la de su espíritu. «Están muy mayores ellas, ¿no ves?», replica guasona señalando a sus hijas a las que, convencida, ve más envejecidas que a sí misma a sus 108 años.

Porque por dentro Inocencia se mantiene joven, como cuando aún paseaba de la mano su noviazgo o como cuando acudía vestida de chulapa a la pradera de San Isidro con sus amigas sin más preocupación que la de divertirse. Una imagen que, allá por el año 1927, quedó grabada para la posteridad convirtiéndola a ella en símbolo del jolgorio y la alegría madrileña durante las celebraciones de San Isidro: Inocencia y una de sus mejores amigas cabalgando los caballitos de un carrusel con la ilusión contenida de dos niñas. Fue uno de sus hermanos, apasionado del cine y en su camino por convertirse en un profesional del celuloide, el que quiso cincelar en una de sus primeras cintas unos segundos de aquel instante de gozo que, más tarde, sería utilizado para construir la cabecera más vista en España en la segunda mitad del siglo pasado: la del NO-DO, que durante un tiempo se emitía de forma obligatoria en todos los cines antes una película. Pero el estrellato de Inocencia no expiró aquí, porque en 2005 RTVE se sirvió de las mismas imágenes para ambientar el arranque de las primeras temporadas de la exitosa telenovela «Amar en tiempos revueltos».

Y ahora, cuando parecía que era el momento de que Inocencia relegara a otra cara su legado como símbolo de la Feria de San Isidro, llega la ilustradora Mercedes DeBellard y forra las calles de la ciudad con la imagen de la que ella llama «la abuela de Madrid». La artista dice no haberse inspirado en nadie en concreto y en todas a la vez, pero, lo que ella no sabía es que su mujer estaba en plena calle Bailén, a la altura suficiente como para sobrevolar el Palacio Real con la mirada, con un clavel rojo de tallo largo agarrado con fuerza entre sus manos y esperando a que alguien la saque a bailar un chotis más: «¡Pero si soy yo!», exclama Inocencia al ver el dibujo del cartel de San Isidro 2018.