Los okupas toman el «Johnny»

Piscina abandonada. El acceso al «Johnny» desde la calle es muy sencillo y que esté la piscina llena puede resultar peligroso. Nadie se preocupó de vaciarla antes de irse.

Un grupo de «antisistema» lleva una semana instalado en el colegio mayor San Juan Evangelista. El edificio, abandonado desde su cierre el pasado mes de julio, cuenta con luz en todas las instalaciones.

«Si es que se veía venir. Cuando lo cerraron, lo dije: esto es un polvorín. ¿Lo dije o no, chicos?». José dirige su pregunta retórica a Javi y a Pepe. Los tres son ex colegiales del colegio mayor San Juan Evangelista, conocido popularmente como el «Johnny» y fueron testigos el pasado sábado de cómo un grupo de «okupas» ya habían entrado a vivir en el edificio de Metropolitano. Era sólo cuestión de tiempo. «Es una pena volver a entrar después de tantos años y encontrarlo así. Ya sabíamos que estaba abandonado y si se puede entrar tan fácilmente era obvio que se iba a meter gente, pero es una pena si esto queda abandonado». El sentimiento de hermandad surge en todos los colegios mayores, pero quizás en mayor medida en éste, por eso no es raro que el sábado los ex colegiales organizaran una «quedada» en el bar de referencia de quienes vivían en el «Johnny»: el Campus Tavern. Desde allí, muchos se acercaron con nostalgia a ver cómo estaba el colegio y se encontraron con la sorpresa, primero, de que había una valla doblada por donde se podía pasar dentro y, después, con que había gente dentro del edificio. Se trata de un grupo de una docena de «antisistema» que llevan ahí desde hace una semana, según explicó uno de los jóvenes a este diario.

Allí comen, duermen y vigilan con recelo la presencia de cualquier persona ajena al grupo. Una muchacha ataviada con un buen manojo de llaves colgado del cuello se paseaba por lo que hasta hace nada fue la zona de dormitorios del colegio. El local de ensayo de música, el sótano donde estaba la depuradora de la piscina y hasta el edificio principal: todo estaba abierto. Pero lo que más sorprendió a los ex colegiales era que había luz. «Hasta los ascensores funcionan», comentaron sorprendidos. Una luz que o sigue pagando Unicaja o la Complutense o, lo más probable, hayan enganchado de la red pública los nuevos moradores del «Johnny».

La decadencia del que fuera el colegio mayor con más solera de Madrid parece evidente. «Si no hacen nada por salvarlo, está condenado a quedar en el olvido y, lo que es peor, se puede convertir en una nueva casa okupa por mucho tiempo», comentaba otro ex colegial. En principio, hasta que la propiedad no denuncie, un juzgado no dirimirá la expulsión de estos nuevos inquilinos. «Aquí hemos vivido muchas cosas en una etapa de la vida que te marca: los 20 años», añade otro. Pero, dejando cuestiones personales aparte, todos coinciden en que un referente de la cultura y el arte como lo fue el «Johnny» no puede tener una muerte tan poco digna.

«Lo suyo sería que no lo hubieran cerrado, que hubiesen llegado a algún acuerdo, pero por lo visto no hay dinero». Ya desde 2009 se empezaron a ver carteles de «El Johnny no se cierra» colgados por las ventanas del colegio mayor. Unicaja, la concesionaria del colegio, ya había comunicado que la concesión que tenía con el San Juan Evangelista se iba a rescindir. Una carta en los casilleros, el 4 de mayo de aquel año, confirmaba a los estudiantes los peores presagios: no se abriría el plazo de inscripción para el próximo curso. La noticia cayó como un jarro de agua fría y comenzaron las movilizaciones para luchar contra el cierre. Pero la tregua no duró mucho. El mítico colegio mayor a punto estuvo de cumplir el medio siglo de vida (llegó a los 48 años) antes de echar el cierre definitivo el pasado 29 de julio. Fue entonces cuando Unicaja remitió a sus empleados una carta en la que anunciaba la rescisión de sus contratos. El Patronato de la Fundación, la vicerrectora de Estudiantes de la Universidad Complutense (la propietaria de los terrenos) trataron de buscar una solución, pero Unicaja exigía a la Universidad la excención del pago de un canon que ésta cobra a los colegios según el número de colegiales.

En el «Johnny» había sitio para unos 500. «Cuando nosotros estuvimos costaba 80.000 pesetas al mes y te daban comida hasta los domingos; aunque no era muy buena, en niguno lo hacían», recuerdan los tres amigos. «Era el colegio donde más libertad había. Fíjate si la había que ya cuando dejamos de vivir aquí seguíamos viniendo a la piscina en verano». En los últimos años costaba 690 euros, con las tres comidas diarias y el servicio de lavandería incluido, lo que lo convertía en uno de los colegios más baratos de la capital. Su ubicación, justo en una boca de metro y en plena Ciudad Universitaria, hacía del colegio uno de los más demandados.

Pero ni las cerca de 1.700 firmas conseguidas desde la plataforma Change.org, ni los conciertos de apoyo que se organizaron, ni el manifiesto firmado por personajes del mundo de la cultura como Álvaro Pombo y Pedro Almodóvar sirvieron finalmente de nada. Muchos afirman que, en realidad, Unicaja simplemnete cumplió su contrato de 50 años y no ha podido renovar por más tiempo. «El problema lo tiene la Complutense, que debería sacar el colegio adelante y ofrecer mejores condiciones a algún gestor pero no le da la gana», comentó un ex colegial. La pelota ahora está en manos de José Carrillo, rector de la Universidad, que es la propietaria del terreno. Muchos temen que la oleada «okupa» que ha comenzado crezca y se convierta ya en otro tipo de problema.


El ocaso de un «medalla de oro en Bellas Artes»

Los ex colegiales siempre hacen gala de formar parte de esa familia y cuentan con orgullo los «hitos» de este lugar. Un colegio que ha formado parte de la Historia y de la cultura. Siempre cuentan que algunos corrían a salvo hasta el «Johnny» para librarse de «los grises» o se refugiaban de la malvista homosexualidad del franquismo. También presumen de haber visto «hasta con el pijama puesto» (estaban en su casa) a artistas de la talla de Enrique Morente y Pepe el Habichuela o a El Cigala cantando por fandango en el mítico salón de actos. Incluso un jovencísimo Miguel Poveda actuó allí en el 96. Fue en el mismo escenario al que subió por última vez Camarón de la Isla (el 25 de enero de 1992, cinco meses antes de morir) y que ha sido siempre un referente del jazz y el flamenco en la capital. De hecho, en 2011 el Consejo de ministros concedió la medalla de oro al Mérito en las Bellas Artes al Club de Música y Jazz San Juan Evangelista.