Los pirómanos ganan a los imprudentes

El número de incendios forestales ha descendido un 26% en los últimos años. Sin embargo, el año pasado por primera vez los fuegos intencionados superaron a los provocados por imprudencias o despistes. Cada año, los agentes forestales esclarecen más del 80%.

En verano aumenta la temperatura y la cubierta vegetal de los terrenos forestales se calienta. Basta una pequeña chispa o una botella de cristal olvidada en el campo para que se inicie un fuego que arrase hectáreas de vegetación. Es cuestión de segundos. Sin embargo, esta situación es cada vez menos frecuente en la Comunidad. El número de incendios forestales no ha dejado de bajar en los últimos años –con excepción del 2014– y ya acumula un descenso desde 2012 de un 26,2%.

Entre 2012 y 2016, según los datos del Gobierno regional, el número total de fuegos declarados descendió casi en un centenar: de 369 en 2012 se pasó a 272 el año pasado.

Los agentes forestales, que se encargan de investigar el origen de los fuegos en el campo y su posterior clasificación, diferencian tres tipos de incendios según sus causas: los provocados por rayos, los que se derivan de negligencias o accidentes y los intencionados. En todas las categorías el número de fuegos bajó en el último año. Así, mientras que en 2012 hubo 175 incendios originados por negligencias y accidentes, en el 16, la cifra ha bajado hasta los 103. Dentro de los intencionados, la reducción también ha sido notable: de 140 a 115, lo que supone un 21,7% menos en cuatro años.

En esta tendencia a la baja, ha habido sin embargo una excepción: el año 2014 superó al 2012 en dos incendios, si se tiene en cuenta el cómputo general. Y si se atiende al número de fuegos intencionados se pasó de 140 del 2012, a 158 en 2014 (la cifra más alta de los últimos años). Esta subida llama la atención teniendo en cuenta que no fue en el 14 sino en 2012 cuando se vivió el peor incendio que se recuerda en la Comunidad. Sucedió a finales de agosto, cuando un pirómano prendió fuego en varios puntos en la carretera que une Robledo de Chavela con Valdemaqueda. Unas 2.000 personas fueron desalojadas y ardieron 1.500 hectáreas. Aquel año fatal terminó con una cifra para la vergüenza: el 48% de los fuegos originados fueron intencionados.

En el año 15, los fuegos originados con intención bajaron hasta el 42,8%; mientras que en 2016 subieron hasta un 50,9%. Por primera vez en los últimos años, el porcentaje de intencionados superó al de fuegos por despistes o imprudencias.

Los incendios que no se han iniciado a propósito, es decir, aquellos cuyo origen está en una negligencia o un accidente eran mayoría hace unos años. Las personas fumadoras, las hogueras, las chispas de las líneas de ferrocarril, los motores o máquinas del campo, la basura o los juegos por parte de menores de edad con fuego son las causas más comunes de las negligencias que en 2016 descendieron. Así, el pasado año, los fuegos originados con intención supusieron el 50,9%, mientras que los negligentes se quedaron en un 45,6%. Y es que, hasta 2016, los intencionados no habían pasado la barrera del 50% y siempre se habían quedado por debajo de los provocados por imprudencias. El resto, hasta completar el 100% se debieron a rayos de tormentas.

La mejor noticia está en el trabajo que hacen cada año los agentes forestales. Su trabajo de investigación permite que la mayoría de los incendios sean esclarecidos. Así, el pasado año se resolvió el 83,1%, una cifra que no ha bajado del 80% al menos en los últimos cinco años.

«Hay multitud de razones que explican el descenso de incendios en Madrid», señala Antonio Martínez, el jefe del cuerpo de agentes forestales de la Comunidad. Dentro de estos factores, el más importante es, subraya Martínez, «la naturaleza». Así, «la humedad del medio ambiente influye en la disposición del terreno a los incendios». Otro de los pilares básicos de la reducción en el número de incendios son las labores preventivas. De otoño a verano, según explica el máximo responsable de los Forestales, trabajan sin descanso. En invierno autorizan «el uso de fuego en invierno para eliminar restos vegetales que se secan y que más tarde pueden derivar en incendios». En los meses de abril y mayo, prestan especial atención a «la pelusa del chopo», un material con alto riesgo de incendio. Por último, los meses de verano deben estar atentos a las fiestas de los pueblos: «Cada vez que se lanzan fuegos artificiales hay un protocolo preventivo y aún así a veces provocan incendios».

Los trabajos de prevención, que este año se han realizado sobre 2.525 hectáreas, también incluyen la apertura de cortafuegos, el mantenimiento de las pistas forestales, la poda y el desbroce de montes y el pastoreo controlado, según explicó Cristina Cifuentes, presidenta de la Comunidad de Madrid, en la presentación del plan de Protección Civil Contra Incendios Forestales del año (INFOMA), que lleva activo desde el pasado 15 de junio y se mantendrá vigente hasta septiembre.

Si bien el trabajo de los agentes forestales, los bomberos y los integrantes de los retenes se realiza durante todo el año, ahora están en pleno «sprint» final de la carrera contra el fuego. En verano, las zonas forestales de Madrid –que ocupan el 54,6% de la superficie de la región– están en su momento de mayor riesgo. Por eso, el INFOMA 2017 está dotado con 35 millones de euros, gran parte de los cuales se destinará a los 456 vehículos y nueve helicópteros desplegados. De los autogiros, cuatro están destinados a las brigadas helitransportadas, otros tantos son los denominados «helicópteros bombarderos», equipados con un depósito de agua. La flota de helicópteros se completa con un aparato de coordinación, observación y patrullaje, con base en Las Rozas. A estos medios materiales se unen los medios humanos que engloban a 4.774 personas. De todos ellos, 1.318 son bomberos. El resto se dividen entre brigadas forestales, agentes forestales y voluntarios de Protección Civil, que se distribuyen en los 37 puntos de vigilancia permanente y en los 48 puntos de pronto ataque.

«Los forestales, además, nos pasamos los doce meses haciendo rutas de vigilancia», señala Martínez. Para diseñar estas rutas, los encargados de velar por la naturaleza madrileña estudian, explica Martínez, el «histórico de incendios, la afluencia prevista de gente y los interfaces urbanos-forestales –zonas de transición entre el campo y los asentamientos humanos–». El jefe del cuerpo de agentes forestales de la Comunidad aún no sabe a cuántos incendios se van a tener que enfrentar en los dos meses que restan para el final del verano, pero se muestra optimista y satisfecho con el trabajo realizado hasta la fecha. «Las labores de prevención son las adecuadas», afirma.