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No es la iglesia la que arde, es la libertad

Tiempo de lectura 2 min.

24 de junio de 2017. 07:37h

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24/6/2017

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La capilla de la Universidad Autónoma de Madrid amaneció, el viernes 23 de junio, atacada con el lanzamiento de artefactos incendiarios. La imagen de la Virgen María, al igual numerosos cristales rotos y la pintada «La Iglesia que ilumina es la que arde» han quedado como testigos de la infamia.

Horas antes, sor Rosario, de las Esclavas de la Inmaculada Niña de Granada, fue atacada en la calle por un individuo, que le propinó, al grito « ¡Por ser monja!», un puñetazo en el rostro, provocándole rotura de nariz e hinchazón en el rostro, amén de numerosos dolores.

«La universidad –ha escrito el arzobispado de Madrid– debería ser el lugar por excelencia de búsqueda de la verdad y confrontación racional de ideas; un lugar donde siempre se defienda la verdadera libertad, cuya expresión más auténtica se manifiesta en la libertad religiosa como subraya la Iglesia y se reconoce en los Derechos Humanos».

En efecto, el derecho a la libertad religiosa (artículo 16 de la Constitución española, artículo 18 de la declaración universal de Derechos Humanos) no significa la imposición de las creencias y de las prácticas religiosas por sagradas o por mayoritarias que estas puedan ser.

El derecho a la libertad religiosa consagra tanto el derecho a creer como el derecho a no creer; y, además, por esta misma lógica, lo que consagra también es el derecho y el deber a respetar las legítimas creencias o increencias de los ciudadanos. Es así de sencillo.

Cuando arde una iglesia o una religiosa es agredida, es también la libertad la que arde y la que es violada. ¿Quién quiere seguir jugando con fuego? ¿Por qué?

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