Madrid

Salir del «bunker» de las bandas latinas

La Agencia del Menor mejora el protocolo de atención a menores condenados para responder a los nuevos métodos de captación de estos grupos violentos.

La Agencia del Menor mejora el protocolo de atención a menores condenados para responder a los nuevos métodos de captación de estos grupos violentos.

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Con enfado o con duelo. Desarraigados y vulnerables. En la Agencia para la Reeducación y Reinserción del Menor Infractor (Arrmi) de la Comunidad de Madrid, conocen bien los orígenes de los jóvenes con medidas judiciales por su procedencia o participación en delitos relacionados con las bandas latinas. Pero se sale. Juan (nombre simulado) tardó mucho, pero a falta de un año y diez meses para cumplir con el juez, ahora lo tiene claro: «estaba metido en un bunker, ahora no hablo con mis compañeros de causa». Con un brillante futuro como peluquero, «de mujeres», aclara, ha recuperado a su familia después de terminar en una banda captado por sus problemas en el instituto al llega a nuestro país desde República Dominicana.

Muchos de los protagonistas de las reyertas machete en mano que perpetran los miembros de estas bandas violentas son menores que terminan en los centros de ejecución de medidas judiciales del Arrmi ya sea en régimen cerrado, semiabierto o abierto. Se trata de una «oportunidad» antes de dar «el salto grande» que es pasar a un centro penitenciario ordinario. A diferencia de éstos últimos, en los centros de menores de la Comunidad tienen un horario reglado, supervisión y trabajadores sociales para desmontar el entramado emocional de estas organizaciones.

Para ello los educadores, gerentes y psicólogos de la Agencia del Menor no dudan en compartir periódicamente sus experiencias puesto que nada tienen que ver los chavales que llegaban hace una década y acababan en bandas que las circunstancias que rodean ahora a los adolescentes que llegan a Madrid y son captados por estos grupos violentos. «En 2001 lo habitual eran familias monoparentales que traían a sus hijos después de encontrar trabajo. Ahora, en cambio, los chicos proceden de familias reconstituidas –con otra pareja e, incluso, nuevos hijos–, que vienen a consecuencia de un problema de conducta en sus países de origen o por el fallecimiento del familiar que les cuidaba allí», explica Maite García, educadora y técnico del Área de estudios y programas del Arrmi.

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«Vienen como castigados y su frustración la demuestran con peleas y expulsiones que facilitan que estén en horario escolar sin supervisión», añade Inmaculada Montes, psicóloga del Centro de Medidas Teresa de Calcuta. Y es que no son las bandas las que se acercan al menor, sino que están en su entorno. «Siempre decide él, pero claro, en su soledad de repente aparece un grupo que le invita a fiestas, le acepta y le presentan a chicas», añade Montes.

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«Si estás solo es muy difícil resistirse a eso», explica Juan. En su caso fue la falta de integración y el miedo lo que le empujó a acercarse a una banda. «Me expulsaron de un instituto por portarme mal y en el otro al que fui me confundieron con un miembro de uno de esos grupos por cómo vestía y me amenazaron los del grupo contrario. Me acerqué a ellos para explicarles que no era de ellos y entonces me amenazaron los otros. Y los que no estaban con ninguno de los dos grupos me rechazaban porque pensaban que estaba en alguno. Así que opté por irme con unos para que no me tomaran por enemigo, luego me tomaron confianza y me integré», comenta, y añade que después de meterse en problemas muy graves y terminar en un centro del Arrmi no hacía más que mentir para que no supieran que estaba en una «causa».

Y es que pese a que muchos de los menores con medidas judiciales proceden de bandas latinas, apenas un 3,3% de los 238 que actualmente tutela la Agencia del Menor están condenados por integración en estos grupos violentos. De ahí que no lo digan en las reuniones con los psicólogos y trabajadores sociales hasta que deciden tomar la salida que éstos les ofrecen. De hecho, este verano la Agencia ha realizado varios seminarios especializados en bandas latinas para especializar los protocolos para lograr que los menores salgan de ellas.

La actuación, según explican García y Montes y corrobora Juan, consiste en mostrar a los chavales la «jaula» que supone la banda, reconciliarles con su familia, que reconozcan el daño causado –puesto que han cometido delitos graves que tratan de justificar– y que existe un futuro lejos de esas bandas. «Me di cuenta de que con la mentira no llegaba a ninguna parte», cuenta Juan, que señala el momento en que vio a su madre llorar como el que le marcó para decidir cambiar. «Se dan cuenta de que habían perdido la libertad para pensar y ahí la colaboración de la familia es fundamental», señala la psicóloga del Arrmi, ya que tienen que ver que pese al mal que han hecho les sigue apoyando. «El castigo de no ir a verles es contraproducente porque entonces está su “otra” familia», señala la educadora. En los casos en los que la familia no se implica se busca que construyan un proyecto autónomo.

Convivencia entre enemigos

El primer impacto para los menores procedentes de bandas latinas es que en los centros de ejecución de medidas conviven los miembros de distintas «causas». Allí no se permiten los grupos estancos y parte del proceso de intervención es romper la dinámica de la banda, que se vean como una persona, no como una etiqueta. «Empiezan a ver desde el principio que los compañeros se relacionan con normalidad y creamos un fondo, una inquietud que, si no cala durante su estancia, sí lo hace después», señala Luis González, jefe del Área de Estudios y Programas del Arrmi.

Una vez dan el paso, como hizo Juan, para cambiar de vida, deben trabajar la sinceridad, con la familia y con los terapeutas que traspasa los muros de los centros. «Nos llaman por teléfono antes de meterse en problemas y así evitamos incidentes», explica Maite. Además, en la Agencia del Menor trabajan codo con codo con los equipos de intervención de calle para que medien con las propias bandas para facilitar la salida de los antiguos internos. «Se establecen itinerarios seguros y se estudia la salida, porque no pueden desaparecer sin más. Deben dejar bien su actividad con la banda y en ello es muy importante la familia, que es que es un valor sagrado para estos grupos», insiste Inma, hasta el punto de considerar una mudanza para poder vivir tranquilos.

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