«Los Cenci»: La estética del ruido

Autor: Antonin Artaud. Versión y dirección: Sonia Sebastián. Reparto: Celso Bugallo, Maru Valdivielso, Celia Freijeiro, Luis Zahera, Daniel Holguín, Rolando San Martín, Marta Belmonte... Coreografía y movimiento: Chevi Muraday. Escenografía: Carmen Castañón. Escenografía: Carmen Castañón. Teatro Español. Madrid.

Freijeiro, Lobato y Bugallo
Freijeiro, Lobato y Bugallo

Una de las noticias sorprendentes sobre Guantánamo fue conocer la lista musical con la que allí se torturaba a los prisioneros. Consideraciones personales al margen –no entraré en el chiste fácil de qué es peor, si verse sometido día y noche a Britney Spears, a Bee Gees o a Eminem–, la técnica nos recuerda que, en lo sensorial, la línea que separa al placer del castigo es tenue. Caben muchas formas de aproximarse escénicamente a la tesis del «teatro de la crueldad» que Antonin Artaud aplicó en «Los Cenci», una tragedia basada en la historia real del patriarca del Renacimiento italiano Francisco Cenci, que despreció y maltrató durante años a su familia hasta que ésta le dio muerte. Este montaje de Sonia Sebastián es valiente por acercarse a un autor complejo como es Artaud, tan poco estrenado hoy y aquí, y sin duda cuenta con cuidadas referencias: en la escenografía de Carmen Castañón, plagada de escaleras y enrejados, y en la iluminación de Nicolás Fischtel, se leen homenajes a Appia y a Gordon Craig, los escenógrafos de referencia del siglo XX. El arranque, con Beatriz Cenci flotando en un tanque de agua, es ciertamente hermoso.

Pero en el ritmo y en la apuesta actoral y audiovisual estos «Cenci» caen en la estridencia: el montaje es una inmersión sensorial –hasta aquí bien, de eso trata la teoría de Artaud–, pero en otro tanque, éste de ruido tecnológico, convirtiendo la brutal escena de la violación paterna en una «rave» expresionista incomprensible a ritmo de techno y griterío. Tampoco se entiende por qué una mujer maltratada por su marido se bambolea como una «stripper» en una barra. Maru Valdivielso, de intenso talento, lo da todo como la madrastra y cómplice justiciera, junto con una sufriente Celia Freijeiro, ambas lo mejor de un reparto dirigido de forma irregular. Pero la composición de su papel y la del esposo están cargadas de gratuidad. No deja de ser un adorno el desdoblamiento del mal personificado que es Cenci en el noble al que da vida Celso Bugallo y en una suerte de perro rabioso, Draco, con Aarón Lobato caracterizado como las criaturas más efectistas de Tomaz Pandur. Si Bugallo brillara, habría bastado con él solo... Pero no es el caso. El refuerzo, omnipresente, devora a la narración y al propio Cenci.

Al texto, brutal y aún pertinente, se le puede achacar que no escarbe más en el desenlace de la tragedia: pese a ejecutar lo que a todas luces fue un acto de justicia, y por más que el pueblo clamó por su perdón, el Papa condenó a las parricidas a muerte. Pero a ese debate, cuando se pone socialmente interesante, Artaud le dedica apenas algunos compases finales y apresurados.