Bocetos nocturnos en el pabellón 9 de Ifema

«Para crear se necesita sufrir y aquí es mucho el sufrimiento que ves. necesitaba expresarlo». El enfermero Juan Carlos Serrano dibuja en claroscuros a pacientes y compañeros cuando su labor se lo permite

A partir de las dos de la madrugada, a media luz, cuando los enfermos duermen en el inmenso pabellón de Ifema, cuando está calmado el dolor o el insomnio de los pacientes que sufren el Covid-19, cuando el silencio de la noche se adueña del mayor hospital de toda España, cuando el trabajo que hay que hacer es, sobre todo, velar al enfermo, Juan Carlos Serrano dibuja, siempre que puede.

Es enfermero de noche en Ifema desde el primer día que se puso en marcha ese hospital que ha maravillado a la OMS. En una ocasión le asignaron un control en el que todo el trabajo estaba repartido, así que cogió un bolígrafo y un papel en blanco de la fotocopiadora y se puso a dibujar a los pacientes yacentes en sus camas mientras libraban entre sueños la lenta batalla de fondo contra el virus. «Están quietos y son los mejores modelos», dice.

Sus musas han sido pacientes durmientes y enfermeros en plena actividad, consultando un ordenador o haciendo otras labores propias de la noches provistos de EPIS y mascarillas. Sus dibujos son la única visión de lo que sucede en la noche de Ifema, vetada para todo aquel que no sea profesional de la medicina o que esté sano. El suyo es el mismo «privilegio» que el de los ilustradores de juicios, que en sus rápidos bocetos captan gestos, miradas desafiantes, hieratismo de jueces... Sus dibujos en trazos rápidos y a ratos sueltos cuando el trabajo permite una pausa, son ya una pequeña parte de la historia de la lucha contra el Covid en pequeñas piezas artísticas de varios folios.

Juan Carlos, enfermero de profesión, formado también en la Escuela de Artes y Oficios de la calle de La Palma, en Madrid, hacía muchos años que no dibujaba. Su trabajo se ha centrado en los últimos años en la enfermería. De hecho, trabaja habitualmente en el Servicio de Urgencias de madrileño barrio de Orcasitas, pero la pandemia ha obligado a la reorganización de la Atención Primaria y «cuando llegué a Ifema dibujar se convirtió en una especie de necesidad». Juan Carlos dice que para crear se necesita sufrir y en Ifema «es mucho sufrimiento el que ves, por eso necesitaba expresar lo que allí se hace».

Alba, la de las chuches y Ángel el de «asuntos imposibles»

El mundo de la noche de Ifema está lleno de «ángeles» y uno de los que hace honor a su nombre es Ángel Ruiz, sanitario, ademas de filósofo y músico conocido por resolver «asuntos imposibles», como el día en que fue capaz de recorrer todos los pabellones de Ifema para conseguir una tila a una paciente que no podía dormir o el momento en que ayudó a otro a conciliar el sueño con ejercicios de control mental, además de realizar su trabajo habitual. Y es que, entre los trabajadores sanitarios de Ifema los hay que, además, son abogados, músicos, bailarines...que en sus descansos, o bien antes o después de entrar a trabajar, intentan dar un plus de atención al paciente con sus habilidades y formación. «Nos empleamos a fondo porque un paciente, además de atención sanitaria, necesita apoyo emocional», añade el sanitario. Y en esto también han puesto mucho de su parte Alba Justicia, la que trae «chuches» y artesanía a los pacientes, o Ana María Ruiz López, la enfermera que puso en marcha la biblioteca de Ifema e impulsó que se llevasen dibujos a pacientes; o Alberto Arcos, conocido como «el enfermero mensajero». «Si no salimos mejorados de ésta es que no merecemos la pena como humanidad», dice Ángel Ruiz.

Entre enfermos y, sobre todo, compañeros de profesión, ha encontrado a los mayores admiradores de sus bocetos en claroscuros a bolígrafo y a lápiz, lo que tuviera a mano. Los primeros se exhibieron a la entrada del control de enfermería. Sus obras completan la extensa colección que empapela las paredes en torno a la alfombra mecánica que conduce a los pabellones del fondo de Ifema que han enviado niños con mensajes de apoyo, cariño y ánimo. Juan Carlos está impresionado de la aceptación de sus bocetos.

«No soy un Rubens y la verdad es que hasta he pedido perdón por mis apuntes; entre ellos a una compañera a la que he dibujado manejando el ordenador, porque está desproporcionada, técnicamente no son nada buenos», dice. Pero no ha podido evitar enseñárselos a sus amigos, entre ellos a Pepe Carretero, discípulo de Antonio López, e incluso a otros, que le animaron a montar un cómic.

Juan Carlos cree que en su vida habrá un A. C. y un D. C. (Antes del Covid y después del Covid). «Ha sido una experiencia muy fuerte, que contaremos a nuestros nietos porque tendrá que cambiar nuestras conciencias y hacernos reflexionar mucho a todos».

Cuenta que cada vez que va a Ifema «hago equipo con gente que no conozco y todos damos el cien por cien, aunque el trabajo es nuevo para casi todos, con medicación que no conocíamos, pero se ha generado un clima de hermanamiento... Es lo que tienen las crisis, unen a las personas y no sé si se está haciendo todo bien o mal, pero se está haciendo lo posible, mientras que otros lo que están haciendo es gestionar el pánico».

En poco tiempo ha vivido emociones muy intensas: desde el dolor de suministrar un cóctel de morfina para aliviar el sufrimiento de una paciente en sus últimas horas, hasta el entusiasmo del día en que hubo un concierto en «streaming» de Amaral y Jorge Drexler en una pantalla gigante y los enfermeros salieron a verlo. «A las 20:00 horas los pacientes salieron a aplaudir hasta donde se les permitía y los enfermeros, de repente, prorrumpieron también en su sonoro aplauso cruzado mientras sonaba de fondo la música de ‘‘Resistiré’’. Yo estuve a punto de sacar a alguna chica a bailar», dice emocionado.

Juan Carlos, natural de la localidad manchega de Tomelloso, precisamente una de las zonas cero del coronavirus, es además maestro de Yoga y titulado en medicina china. Viajó hasta una ciudad próxima al Tíbet para terminar su tesis y cree haber encontrado en esta pandemia una especie de «koan» que le ha llevado a una «reflexión extraña»: «Estábamos embarcados en un sinsentido consumista, en una manera acelerada de vivir... todos estábamos un poquito enfermos, es lo que los chinos llaman «exceso de alegría», como cuando vemos a esos chicos jóvenes que se dan a la bebida sin control, o a las pastillas o conducen a lo loco... Esa clase de conducta es la que llevábamos como sociedad». Por eso piensa que no ha habido cura mejor para este estilo de vida que el coronavirus: «Nos ha enfrentado a la muerte, nos ha encerrado en nuestras casas con nuestro modo de vida y también nos ha hecho reconocernos en lo próximo: los padres, con sus hijos, con sus mayores, nos ha equilibrado», asegura. Dice que el quinto elemento de la medicina china es el metal, que se asocia al pulmón y a la emoción de la tristeza, que es, desde su punto de vista, lo que define esta situación. Él, ha pasado a convertirse en uno de los «ángeles de la noche de Ifema».