Atrapados por la alarma: “¿Puente, qué puente?”

Se avecinaba una desbandada de vecinos de la capital hacia otras comunidades de España. El miedo al contagio y el poco poder adquisitivo ha puesto en paréntesis las ilusiones de irse al imperativo, no del Gobierno, sino de la crisis gana

eLo prohibido siempre tiene un arrebato de tentación. No es lo mismo querer irse de puente que no poder moverse en tres días festivos. Cuando la voluntad no es propia y es impuesta por otros a cualquiera se le queda el morro torcido y una sensación de estar secuestrado a pesar de que los razonamientos pueden convencer o no. Y persuaden lo justo. Sin embargo, se ha instalado una especie de sumisión, unida al miedo y lindando con algo parecido al susto de ingresar un día en el hospital con el ánimo quebrado de haber si se sale de allí o no. Claro que también la fiesta va por barrios. En la plaza Elíptica, una frontera, más que peatonal –conquistada por semáforos, coches, túneles y pasos de cebra–, divide Carabanchel de Usera, dos barrios que apenas se miran porque para ver lo mismo no hay que irse de excursión. Pero coinciden en algo: están atrapados, que no llega a molestar pero sí que es molesto. Elíptica es un nudo gordiano, que lo mismo lleva a los barrios que es una zona de tránsito para los vecinos de Parla, Getafe o Leganés, aunque hay otros atajos. Ayer, a las 18:30 no había ni rastro de controles policiales y la parada de taxis estaba en hora punta sin clientes que solicitaran ningún trayecto. Para los taxistas, desde la huelga, la Prensa es como un enemigo y se meten en sus trincheras. Alguno habla para decir que «he hecho dos trayectos a Atocha, pero el aeropuerto estaba vacío, igual que la estación de autobuses. Los que se hayan ido de puente lo habrán hecho en sus vehículos privados». ¿Le podemos hacer una fotografía? Ni de coña «porque los otros compañeros me mirarán mal».

El caso, que no es una excusa de circunstancias, es que eso de irse de puente es un lujo que lo dejan en barbecho a espera de tiempos mejores. Darío, italiano, y Laura, están tomándose unas consumiciones en el bar Yakarta con esa parsimonia que no activa el movimiento de maletas a última hora ni imprevistos. «No hay dinero, en verano estuve en el ERTE y los pobres nos quedamos aquí», dice Laura. Las medidas le parecen bien «porque necesitamos medidas más fuertes. Aquí estamos tranquilos». Quizá su opinión está avalada por Darío, que estuvo este verano en su país natal y percibió que Conte «piensa más que en la política. Puede que intente arreglar las cosas en vez de empeorarlas».

En Casa Aparicio, restaurante de menú del día, y lo que venga a bien, no han notado el éxodo, aunque empiecen a comer a la siete de la tarde mientras la terraza está poblada de parroquianos. «Es un día cualquiera, malos desde la pandemia, porque los clientes con lo del Covid-19 están acojonados, pero no notamos menos clientela por el puente. Nos da la sensación de que las personas no tienen ni ganas de salir». Y es que, aunque parezca una tontería, muchos han pensado que no hay mejor morada que la casa propia y dejarse de enredar por lo que pueda pasar.

Aire a los niños

Sara y David, con tres hijos pequeños, ni se lo han planeado, «ni lo lo hemos pensado», dicen a la vez. Primero, porque David trabaja el fin de semana. Sin embargo, sí que les hubiese gustado hacerse alguna escapadita de un día a la sierra «para darle algo de aire a los niños», a los que parece que les importa poco. El parque es como el patio de su casa y ahí se amarran. Como no puede ser, siguen en su banco, intentando controlar a los tres, más o menos ajenos a lo que está sucediendo. «No sé, una escapada a Cercedilla, al monte, algo para que vean bosque y no solo el asfalto», comentan. Pero esa puerta se cerró antes de que la abriesen. La economía también dicta sus reglas.

En el camino aparecen cuatro agentes de la Policía Nacional. Preguntarles es una osadía, más que nada porque, muy amables, remiten a su departamento de Prensa. Lo único que aciertan a decir, con todos los profilácticos verbales posibles, es que «de uniforme no estamos autorizados a hablar». Y ahí se acabó la conversación.

Los bancos, no los de sacar dinero, sino los que sirven para ver pasar la vida con ojos teñidos por cataratas y las piernas cansadas de tanto trajinar aportan algo de sosiego y también de nostalgia. Es lo que le pasa a María Luisa. A sus 88 años ve la vida pasar con un poso de nostalgia y de unos tiempos que han pasado pero que retiene en su memoria. Viuda, en estos momentos, su mejor descanso es su casa, «no tengo ni ganas de moverme de ella y salir. Uno de mis hijos vive en Pinto y me viene a ver todos los días». Pero hay más retoños que, para su edad, le quedan lejos. «Una hija vive en Elche, otra en Plasencia... Eso sí, cuando mi esposo estaba vivo siempre íbamos a la playa. Eso ya se acabó» explica con ese dolor que ya se lleva tan dentro que ni se muestra.

En este sendero urbano llaman la atención los vendedores ambulantes, que no paran, porque echar para ellos el freno es irse directo al desahucio, no de vivienda, pero sin llevarse un palo al agua. En las estaciones de metro de Plaza Elíptica se ha reinventado, como si fueran emprendedores improvisados. Persona que sale de la estación, habilitan la verborrea que siempre tuvieron para vender lo que nunca habían pensado: mascarillas casi todas «a cien», que este término es muy antiguo y ahora las intentan colocar a diez euros. «¿Puente, qué puente?, ¿Dónde ahora nos vamos a tirar? Eso es para los que tienen casas fuera de Madrid. Nosotros aquí, para mantener la que tenemos».

Una luz en tanto engorro, cabreo y tantas impertinencias. Nieves pasea con su perro, pequeñito, de esos que te lo llevarías a casa por su mirada bonita y sus ganas de juguetear. Nieves pensaba irse de puente a Ávila, pero pensó lo que se iba a venir. «Me lo fastidiaron». Lo dice sin ira porque pasó la Covid-19 pero necesita algo de respiro. Sin embargo, a pesar de que dice que los políticos «nunca se ponen de acuerdo», acepta las medidas como un mal menor porque «he logrado vivir con una felicidad absoluta». Pero hay más, esa sensación de ser libre a pesar de las restricciones, el sentimiento de que nadie le va a arrebatar su vida porque «vivo el día a día, Sólo doy gracias por vivir otra jornada». Dicho esto, le han cortado las alas para salir de Madrid y ver otras tierras, bosques, agua, comer en otro sitio distinto. Oxígeno vital, se dice. Pero ni pena ni padece. Ávila sería su próximo destino en los tres siguiente días, pero la ciudad no va a desaparecer. Es cuestión de paciencia y de tener una fuerza psicológica que no conoce fronteras.