Radiografía de la Gran Vía en sus horas más bajas: las ventas han caído hasta un 85%

Hace unos meses era el referente de una ciudad viva, con su trasiego de madrileños para ir de compras, ir al teatro y hordas de turistas. En los últimos meses ha perdido su personalidad: locales en venta, pocos transeúntes y un silencio ensordecedor como si la vida se quedase en suspenso

El puente ha sido un espejismo. Los madrileños estaban en el exilio y decidieron recordar la Gran Vía. Un desahogo con fecha de caducidad. Sólo fue un mal menor, un apaño. Porque en el día a día la rutina es implacable. «A la Gran Vía lo único que le queda es el nombre, es tristísimo verla tan vacía y con tantos negocios que han echado el cierre», dice Ramón, un limpiabotas que ha visto pasar los últimos cuarenta años de su vida en esta arteria por donde hace meses –que parecen años, ya que el coronavirus nos ha instalado en el «Día de la marmota»– fluían todos los madrileños a echar la mañana o la tarde acompañado de la banda sonora de los cláxones. Ahora se pueden oír hasta las pisadas de los transeúntes y las conversaciones que mantienen entre ellos en un tono normal pero audible a dos metros de distancia.

Desde la plaza de Callao, si se echa la vista desde Alcalá a la Plaza de España (1.316 metros) el paisaje desazona: se ve más acera que personas. La sensación es de añoranza de aquellos tiempos en los que había que ser muy ágil de cintura para regatear a algún convecino que iba en sentido contrario o hacerse un sitio a codazos para tener unos centímetros de distancia (no de seguridad), sino vital. ¿Y si hablamos de los turistas? No hay ni un paraguas de color estridente por la zona llevado por un guía mientras asiáticos y personas de otros países formaban un círculo que obligaba a hacer un rodeo considerable para no empotrarse en el grupo. Los autobuses rojos que ofrecen visitas panorámicas de la ciudad tampoco dan señales de vida, ni las cámaras de fotografía, a las que los usuarios podían agotar haciendo diez instantáneas del mismo edificio como si se fuese a mover en cualquier momento. De lo mapas, de dimensiones que retan la extensión de los brazos, ni rastro. Puede que ellos no lo supieran, pero también eran una estampa imprescindible de esta calle.

Buscar a un turista estos días es como encontrar una aguja en un pajar. La única salida es tentar a la suerte y andar y desandar la calle y agudizar el oído para buscar algún acento que no sea autóctono. ¡Bingo! Tres jóvenes franceses de Arcachon («al lado de Burdeos», dice una de ellas). Han venido para tres días. Es la primera vez que ven la Gran Vía y no se extrañan de que esté a medio gas. «Está muy bien, la gente y la policía es muy amable. Una, de origen marroquí, dice que «en Francia comer es muy caro y aquí hay muy buenos precios». Que la restauración cierre a las 22:00 no es un problema para ellos porque «cenamos a las 19:00 o las 20:00 horas». En los días que les quedan van a ir al museo del Atlético de Madrid y el Parque del Oeste». No han faltado las compras, sobre todo de perfume porque en el país galo «es muy caro». No es cuestión de echarles una encíclica de andar por casa, pero da ganas de decirles que han descubierto la Gran Vía en una situación anómala, cuando ha perdido su personalidad de lustros para mostrase como un erial en comparación a lo que era.

Sigamos con Ramón, que nos habla con la mirada fija en el zapato de un cliente al que se esmera en darle el esplendor perdido. El negocio fue bien al principio; luego, a partir del 2000 se torció un poco «por la moda de esto que llevas (se refiere a mis deportivas) y porque mi clientela es muy mayor y algunos se habrán ido». A lo caprichos estéticos se le ha unido desde marzo «el maldito bicho», que también carcome la caja de cartón en la que guarda lo que va ganado. «Desde las nueve de la mañana y son ahora las doce menos cuarto este señor es el primero. Como máximo hoy tendré cuatro o cinco clientes, lo justo para la comida».

Es muy desasosegante ver cómo restaurantes y bares con denominación de origen de Madrid se ven pero no están. Los cierres, ya pintados con grafitis de dudoso gusto, son una barrera psicológica y, ¿por qué no?, procuran una sensación de orfandad.

A los de aquí nos cuesta mucho entender la Gran Vía sin un Museo del Jamón –aunque el grosor del corte fuese tan fino que se pudiese ver al comensal de al lado– y el gracejo de sus camareros que a gritos pedían las raciones y regalaban un chiste de paso, escuchado mil veces pero, en según qué entorno, parece nuevo e incluso conocido con el efecto de que uno se siente en familia.

¿Las franquicias de negocios que plantan un local como otros hacen lo propio con una planta? Amabilidad y silencio. Pocas veces se ha visto tantos agentes de seguridad custodiando la puerta de entrada para que el que entra cumpla las medidas de seguridad. Que están bien, faltaría más, pero su trabajo es baldío porque apenas entra gente.

Si la tienda oficial de Real Madrid y del Atlético de Madrid no tienen visitantes es un termómetro que mide la temperatura comercial de estos establecimientos. Dentro sólo están los dependientes, ni rastro de visitantes de otros países buscando la camiseta de su jugador preferido. No es desapego por el club que cada fin de semana les da la vida; es la ausencia de extranjeros dispuestos a gastar por un prenda que, en algunos casos, la veneran más que su carné de identidad. Si se habla con un dependiente empieza la burocracia. No pueden posicionarse, va en contra de la política de empresa. Sucede similar con las franquicias estadounidenses que siguen aquí pero que mantienen una ley de silencio por prescripción laboral. ¿Se vende más, menos? «Ni lo sabemos y tampoco lo podemos decir». Está dentro de lo normal: a más alarmismo, menos afluencia, pero sí que es verdad que son los únicos que resisten con las puertas abiertas de par en par.

El sobresalto de la mañana llegó. Con la que te queda sólo hay dos soluciones: o tomártelo a broma o salir a la voz de ya. Si, en Gran Vía también hay tiendas regentadas por chinos que se dedican a los «souvenirs» patrios, a sus refrescos y demás parafernalia técnica por si los cascos de los móviles no funcionan o falta un cable de conexión. Se entra en uno de esos locales, pocos, hay que decirlo y se recibe una regañina que traslada a la infancia cuando se tenía un profesor de natural antipático y de modales dictatoriales. «¡¡¡Llevas mal la máscara, hasta la nariz. Así no!!!!». Él, que la lleva hasta las medidas reglamentarias, echa una mirada que da la impresión que te va a regalar un billete sin vuelta a un campo de concentración chino. Cuando uno se pone la mascarilla cómo él considera, se empieza una conversación de besugos. Dice que cierra a las diez «porque no hay trabajo». Lo que más vende en estos momentos –compartido con muchas tiendas de souvenirs– no son los imanes de Madrid, ni las postales. Son las mascarillas de tela, que se han convertido en un recuerdo de Madrid. Mejor no preguntarle si están homologadas.

La Gran Vía nunca se podrá entender sin sus quioscos, con apariencia, de tan apañados que los dejaron estéticamente, de ser templos urbanitas en los que da ganas de llevárselos puestos. Eso es cosa del pasado. Óscar, que lleva unos cuantos años aquí dice tajantemente: «Los ingresos han bajado muchísimo. La presencia de la gente en la calle por lo menos ha bajado un 70 por ciento y las ventas han bajado un 85 por ciento». Estos quioscos, por su lugar estratégico, no solo venden Prensa, también postales y facilitan contactar con las agencias para hacer excursiones a Toledo o Aranjuez, además de las botellas de agua para los transeúntes sedientos. «Vendíamos un ''tour'' del Bernabéu, abanicos... Eran productos turísticos y el turismo está a cero. Ahora sí que estamos viviendo únicamente con la Prensa, pero como hay menos paseantes de Madrid, tampoco compran». Óscar ha notado el cierre de los musicales «porque no pasa nadie».

En un acto de inocencia, se puede pensar que la lotería, y demás juegos de azar que no pasan por las casas de apuestas, están en alza. Equivocación. «Está muy flojito», explica Marta y sus argumentos no pueden ser más contundentes: «En la Gran Vía hay muchas oficinas y la inmensa mayoría están teletrabajando en sus casas. Luego, los bares; la inmensa mayoría están cerrados, igual que los hoteles...».

Y para colmo este puente, y el de diciembre, que se llenaba de personas de otras provincias, también los da por perdido. «Está difícil, ya no hay las colas que había antes. No tiene nada que ver».

Así está la Gran Vía, con arritmia porque su corazón no termina de coger el pulso.