La Covid no deja ni a los muertos en paz

Este 2020 es para echar a tirar, como esas flores frescas que no encontraron dueño

En mi familia, el Día de Todos los Santos era sagrado. En especial para mi tía Rosario, que se plantaba allí a primera hora de la mañana –los demás íbamos a las doce o así con el avituallamiento (sopita caliente y filetes empanados)– y no había forma de sacarla, ni a ella ni a mi tía Petri ni a mi madre, aunque las puertas estuviesen semi cerradas porque seguían hablando de lo bonita que había quedado la tumba con sus flores frescas bien puestas en sus tarrinas con su agua que bien hubieran llenado con sus lágrimas. Pienso en ellas –y en las que éramos por aquel entonces unas jovenzuelas con la pereza incorporada– porque si Rosario, que ya tiene allí plaza en propiedad, y las que resisten, viven la nueva situación como la penúltima afrenta de este virus para el que hay que ponerse mascarilla y ni siquiera se puede besar a los vivos en una de las reuniones familiares del año de la que entras y sales con el corazón encogido.

En este día tan singular por el Covid se las llevan los demonios, pero se han resignado por prevención y porque no se quieren irse antes de tiempo, como tantos otros nos han abandonado por una pandemia a la que aún estamos buscando las vueltas para que sea un mal catarro y no monopolice las últimas horas hurtando el aire para respirar.Así, como les ha sucedido a muchos madrileños, parte de los míos han optado por no ir ayer al camposanto y anticipar la visita días antes para evitar tumultos y demás inconvenientes.

Doy por hecho que si hubiesen visto a policías y vigilantes paseando entre las tumbas (como se ve en la fotografía) hubiese añadido más desazón a un día que ya aporta sofocones varios. A la Covid, tan irrespetuosa ella, no se le puede poner puertas al campo, como decía aquel dicho popular. Prueba de ello es el aumento de agentes y la presencia de drones vigilando desde el aire y policías a caballo para evitar desmanes. Pero los vivos, la mayoría, tienen más respeto a ese bicho que, desde marzo solo ofrece dos opciones: susto o muerte, que hasta «Halloween» parece ahora una comedia comparada con el presente que estamos viviendo. Un 2020 para echar a tirar, como esas flores frescas que hoy se han quedado marchitas en los puestos.