Gastronomía

La mejor carta de la que disfrutar en Madrid

La mayoría silenciosa que come en la capital tiene casa de confianza en Los Montes de Galicia, un negocio familiar

La amplia carta es una de las señas de identidad del restaurante
La amplia carta es una de las señas de identidad del restauranteLa Razón

En los barrios capitalinos anida un sentido gastronómico que da mucho calor a la clase media. Por encima de tantos menús degustación que están salpimentando las guías de las carreteras, las andanzas audiovisuales de los fudis, hay casas de comida que tienen como único objetivo, y no es poca cosa, ofrecer felicidad en pequeñas porciones a los que toman asiento en aquellas. Los Montes de Galicia es un sorprendente restaurante abierto desde 1997 en el eje que une La Guindalera con el Parque de las Avenidas. Ha ido poco a poco estilizando su fisonomía, pero con idéntica fidelidad a una idea de restaurante para todos los públicos, momentos, carteras, e incluso propósitos a la hora de sentarse en sus escaños.

Por derecho posee una larguísima carta, que es exactamente su seña de identidad. Y, a diferencia de otros lugares donde se abre el abanico de los platos de temporada, o de ubicación fija, todo lo que se despacha aquí está medido, es razonable, y tiene puntos de elaboración y cocción a los que no poner un pero. En este cenáculo no sólo hay guiños al evidente territorio galaico que inspira el establecimiento, sino una mirada larga y amplia para ir integrando de manera sencilla y sin estridencia tierras y mares de otros itinerarios. Las sopas y caldos reconfortan al viandante madrileño, en un ejercicio reivindicativo y a veces melancólico, pues ya es difícil encontrar caldos gallegos, sopas de pescado y marisco tan rotundos como las que aquí se programan.

Enumerar una anchoa de campeonato, incluso marinada, peladillas náuticas como las almejas a la marinera, los atunes, chipirones encebollados, se queda corto porque hay un fondo guisandero de lo más gustoso caso de la merluza rellena con tomate especiado, o una lasaña del mismo pez en salsa marinera con almejas, el salmón en crema de arroz, que juegan descaradamente con un icónico pulpo a feira, que da lustre a un sitio que no deja de reconocer sus ancestros. En algunos de los 63 pasos del inabarcable inventario de gustosos platillos, podemos dejar que nuestros apetitos también coqueteen con empanadas caseras, buñuelos de bacalao, croquetas de cecina, marisquillos, cortes cárnicos, cochinillo confitado, steak tartar con tuétano asado, y en definitiva la añoranza eterna del sitio donde comíamos con nuestro abuelo, que era el que siempre tenía jurdós, o cuando queríamos conquistar a la persona amada rompiendo nuestras huchas de las ilusiones.

La mayoría silenciosa que come en Madrid tiene casa de confianza en este negocio de la familia Espandasín, que lidera con mano invisible pero certera, una orquesta de camareros y atenciones en sala tan agradables, que uno se olvida incluso que tiene familia y no hay que volver a las tareas domésticas. Ricos vinos con el mismo planteamiento de bondad y sincero justiprecio, lo que constituye otro ingrediente adicional de un restaurante para volver, volver y volver otra vez. Dicen que siempre hay un gallego en cualquier lugar del mundo, incluso en La Luna, lo que han acreditado tantas generaciones de nómadas gastronómicas de ese telón de grelos. Su legado es el amor a la lumbre, el calor de las viejas historias, y la dulzura de una cocina que parece milenaria. En el corazón burgués de la ciudad, en la calle Azcona, hay un infalible restaurante para no pensar, y sólo disfrutar de lo genuino que ha sido siempre salir a comer. Con la sonrisa puesta.

LAS NOTAS

BODEGA 7,5

COCINA7,5

SALA 7,5

FELICIDAD 9