El aire acondicionado calienta el planeta

Con un mundo cada vez más caliente, los sistemas de refrigeración se vuelven inevitables no sólo para asegurar el confort térmico, sino también para conservar alimentos y vacunas. De hecho, la ONU prevé un aumento de los 3.600 millones de aparatos actuales hasta los 14.000 en 2050. Al mismo tiempo, propone la eficiencia energética o la arquitectura pasiva como forma para no aumentar exponencialmente las emisiones y con ellas el calentamiento

Se estima que en el mundo hay 3.600 millones de equipos de refrigeración en uso y la previsión es que el número de neveras y aires acondicionados haga engordar la cifra hasta los 14.000 millones en 2050. Así lo afirma el último informe elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y la Agencia Internacional de la Energía (AIE). Con una ola de calor atravesando la Península es difícil renunciar al confort térmico aún si tenemos consciencia de que el potencial de calentamiento puede subir hasta 0,4 grados para 2100 con su uso masivo.

Un mundo más caliente supone aumentar la necesidad de refrigeración, que a su vez provoca más calentamiento debido a las emisiones de CO2 y de gases hidrofluorocarbonos (HFC) empleados para genrar el frío. Traducido: el aire que enfría tu hogar calienta el mundo. Los cálculos afirman que los sistemas de climatización en las ciudades incrementan entre 1 y 1,5º la temperatura ambiente nocturna y casi medio grado la diurna. Entonces, ¿cómo se puede cortar este peverso círculo si encima tenemos en cuenta que no sólo se trata de confort, sino de salud? Y es que las vacunas o los alimentos frescos son esenciales para conservar comunidades sanas, dice la ONU. Pues bien, la organización apunta a que con una acción internacional coordinada en materia de sistemas de frío eficientes y respetuosos se podría llegar a evitar hasta 460.000 millones de toneladas de Gases de Efecto Invernadero (GEI) en las próximas cuatro décadas. Si el dato resulta frío, la ONU lo explica en estos términos: el volumen es equivalente a ocho años de emisiones mundiales teniendo las de 2018 como referencia. Ahí es nada.

CAMBIO DE GASES

Teresa Cuerdo, investigadora de Ahorro de Energía y Reducción de Emisiones en Edificios del Instituto de Ciencias de la Construcción Eduardo Torroja del CSIC, afirma: «Hay una carrera brutal por encontrar la forma más eficiente de climatizar los edificios y reducir las emisiones. Está en la línea con los acuerdos internacionales de clima o con el Pacto Verde Europeo. Una de las primeras medidas es sustituir los HFC o gases hidrofluorocarbonos por HFO o hidrofluoroolefinas. Es decir, por otros refrigerantes químicos de origen no natural con menos capacidad de contaminación». Para esto existe una medida concreta llamada PCA o, lo que es lo mismo, potencial de calentamiento atmosférico que tiene en cuenta el calentamiento que produce un kilo de estos componentes durante cien años en relación a un kilo de CO2. Eso significa que cuanto más bajo sea el número, mejor para el planeta. «Un cambio de gas de HFC a HFO supondría que en los frigoríficos de los supermercados el potencial de calentamiento global (PCA) bajara de 4.000 a 150», apunta Murli Suhkwani, director general para EMEA FluoroChemicals de Chemours, responsable del Grupo de Data & Investigations y miembro del Comité Técnico Europeo de Fluorocarbonos (EFCTC).

La Comisión Europea cuenta con su propio reglamento desde 2014 llamado F-GAS, por el que pretende reducir hasta un 79% estos gases escondidos en neveras y aires acondicionados. Y aquí aparece un nuevo problema. Y es que tal y como denuncia el EFCTC, la Directiva no se cumple debido principalmente a las importaciones ilegales de gases HFC en la UE. De hecho, su último informe indica que «el volumen de HFC que se introdujo ilegalmente en el continente en 2018 podría alcanzar los 34 millones de toneladas equivalentes de CO2. Eso representa un tercio del mercado europeo. Estos gases suelen llegar de China a través de plataformas de comercio electrónico o abusando de las cuotas legales. En teoría cada empresa de la UE tiene asignada un cuota de importación de estos gases, pero los controles se hacen a año vencido, así que ¿qué ocurre si una empresa se declara en bancarrota antes de diciembre? Eso por no hablar del contrabando abierto de mercancías en las aduanas. Si la industria invierte en sustitutos menos contaminantes pero luego hay todo un mercado fuera de la ley, el cambio hacia la sostenibilidad se ralentiza», matiza Suhkwani.

En 2019, y a nivel ya internacional, apareció la Enmienda de Kigali, que quiere reducir la producción y el consumo proyectados de HFC en más de 80% durante los próximos 30 años. Estos compuestos orgánicos utilizados en acondicionadores de aire y otros dispositivos como refrigerantes empezaron a expandirse como alternativa a las sustancias que agotaban la capa de ozono, reguladas por el Protocolo de Montreal. «Los HFC son la cuarta generación de gases fluorados. Acabamos con el problema del ozono pero apareció el problema de que son gases con mucha potencia de cambio climático. Ahora está Kigali que es copia de F-Gas. Una normativa que está muy bien, pero alertamos que si las reglas no van acompañadas de control existe el riesgo de que la demanda se vaya hacia el mercado ilegal. Eso ha pasado en Europa, donde falta seguimiento en aduanas y coordinación entre estados miembros, por ejemplo en las multas. En algunos países son irrisorias», dice Suhkwani.

ARQUITECTURA BIOCLIMÁTICA

Además de los HFO, la industria anda buscando «otras alternativas con las que investigar. Por ejemplo, línea de estdio que pretende sustituir estos gases por otros de origen natural, como el amoniaco. Sin embargo, hay problemas comunes a muchas de estas alternativas: la inflamabilidad o los costes de inversión para hacerlos comercialmente viables que todavía es muy alto», matiza Cuerdo.

Si la industria lleva la voz cantante en esta búsqueda de gases alternativos y con menos poder contaminante, la arquitectura bioclimática tiene la llave del camino alternativo. Sólo hay que tener en cuenta que la climatización de los edificios supone hasta el 50% del consumo de energía en los países desarrollados y son responsables de un 28% de las emisiones. La arquitectura bioclimática, grosso modo, no es más que la búsqueda de soluciones de refrigeración pasiva para edificios que reduzca su dependencia energética. Aquí aparecen una serie de opciones como «las fachadas ventiladas o las dobles. Por otro lado, los tubos enterrados permiten aprovechar la temperatura constante de la tierra (15-20º) para climatizar los ambientes interiores tanto en verano como en invierno. Eso se consigue generando una corriente de aire desde el exterior que lo sumerja en el interior del suelo antes de canalizarlo a la vivienda una vez atemperado. También se puede trabajar con materiales como hacía la arquitectura vernácula. Por ejemplo, los pueblos blancos de Cádiz deben su aspecto a la cal, primero porque era un material que se encontraba en la zona, pero también porque conseguía reflejar los rayos solares y que no se calentaran las viviendas», apunta Cuerdo.

Eso por no hablar de instalar toldos, lonas, usar sistemas de enfriamiento evaporativo o recurrir a la ventilación nocturna y a las fachadas y tejados vegetales que reducen la necesidad de climatización. Estas medidas pueden ahorrar hasta el 30% del consumo de energía de los edificios. «Hay que hacer mucha rehabilitación energética, ya que casi la mitad de los 25 millones de viviendas existentes en España fueron construidas antes de 1979. El camino más factible se inicia con arreglar las patologías de las casas y acabar con todas las fisuras y humedades que empeoran la calidad de aire interior y aumentan el gasto energético. En segundo lugar, hay que invertir en la envolvente para que esta no pierda ni calor ni frío. Una vez hecho esto y sólo si se necesita incluir algún sistema de climatización y en ese caso que se alimente con energías renovables», matiza Cuerdo.