Un cuento muy previsible

Julián Cabrera

Puigdemont el «astuto» cazado. Qué manera de menospreciar el poder del Estado. El más aventajado alumno de Artur Mas en eso de la astucia ha resultado ser el paradigma de la previsibilidad. Su periplo hasta la detención ha sido fiel al elenco de chapuzas desde su fuga.

Se vendían como esos ingeniosos guerreros rebeldes de la guerra de las galaxias de hábil cintura a la hora de driblar a la pesada mole del imperio opresor.

El propio Mas siempre esbozaba una picarona sonrisa recordando los recovecos y escondidas grietas por explorar en el «bunker» de la legalidad constitucional. Esa astucia no solo se acabó demostrando estéril y cómica sino que hoy ha pasado directamente a mejor vida. Se acabaron los tiempos de las componendas. Los principales actores del «procés» están retirados, encarcelados, fugados de la justicia, bajo fianzas o en situación de preventivos y lo que es peor, sin capacidad de respuesta ante esa parroquia despistada o defraudada ante la evidencia de una gran mentira.

Y en ausencia de trucos, lo que se acaba imponiendo es la dictadura de la previsible. Desde los comicios del 21-D celebrados en Cataluña bajo la tutela de un «155» aun en vigor, todos los pasos de la mayoría independentista han tenido como fin tratar de horadar la firmeza del estado alargando la situación con propuestas inviables y con una casi exclusiva y no confesada finalidad que no es otra más que darle tiempo a la pesada digestión que supone, de cara a dos millones de catalanes que les han seguido reconocer que el proceso ni es viable, ni tiene futuro a corto o medio plazo.

La investidura «no nata» de Puigdemont fue una crónica tan anunciada como el paso siguiente, la propuesta de hacer presidente al encarcelado Jordi Sánchez igualmente lanzada a la papelera, pero antes de surgir este nombre ya se apuntaba el plan «C» en la persona de Turull con la misma previsión de elegir a un jefe del gobierno que con toda seguridad sería inhabilitado. El guión de la previsibilidad tiene ya escrito el paso «D», uno nombre –ya sí tras innumerables pellizcos de monja al estado– que esta vez aun siendo «JASI» –joven aunque suficientemente independentista– estará libre de cuitas con la justicia. ¡Pues haber empezado por ahí señores «indepes»!, debe preguntarse cualquier observador con un mínimo de distancia en la visión del tema.

Habrían empezado en efecto por ahí en condiciones normales –incluso de haber sido ERC la fuerza soberanista más votada– pero el fantasma de Waterloo y la dimensión del descarrilamiento les obligan a darse tiempo para reconocer lo que acabarán reconociendo: que todo era simbolico, inocuo, una broma... la mayor mentira en la historia de Cataluña.