Tía centenaria

Alfonso Ussía

Con Luis Alberto de Cuenca, gran escritor, poeta y por motivos que surgen del rencor y la envidia, fallido académico de la RAE, presenté días atrás una nueva edición de mi tía «La Venganza de Don Mendo», editada con primor por Renacimiento, con un estudio introductorio extenso y documentado de Alberto Romero Ferrer. «La Venganza de Don Mendo» de don Pedro Muñoz-Seca cumple en diciembre su primer siglo de vida. Mi madre era hija de don Pedro, y de don Pedro es «La Venganza», dato que facilita la deducción de que la espectacular comedia-tragedia centenaria es mi tía.

«La Venganza de Don Mendo» se estrenó en el Teatro de La Comedia de Madrid el 20 de diciembre de 1918. La crítica teatral de aquellos tiempos estaba politizada hasta extremos insoportables. Manuel Machado celebró el estreno, pero los plumillas y gacetilleros de la izquierda lo lamentaron. Díaz-Canedo, Araquistain, Enrique de Mesa. Éste último, desdichado poeta, no le pasaba una a Muñoz-Seca. –Don Pedro, ¿ha leído la última crítica de Mesa?–; –nunca me ha interesado la opinión de los muebles–. Pero en conjunto, el éxito fue clamoroso.

El primer Don Mendo de mi tía fue Bonafé. A lo largo del siglo que cumple la «Venganza» ha tenido formidables y mediocres intérpretes. Inolvidable el Don Mendo de Jóse Luis Ozores, como magníficos los de Dicenta, Antonio Casal, Rodero y Sazatornil. Pésima y deleznable la versión cinematográfica de Fernando Fernán-Gómez. Mi tía es la pieza teatral más representada, de la mano del Tenorio de Zorrilla, del teatro español. Quien la dirigió en más ocasiones fue el estupendo Gustavo Pérez-Puig, también responsable de convertir al severo y vengativo trovador en un afeminado de innecesaria sobreactuación.

Muñoz-Seca escribió su Don Mendo en pleno padecimiento de una úlcera de estómago. Lo hizo desde la cama, y según me contó mi madre, se metió tan de lleno en el bosque de las rimas, que hablaba en versos octosílabos y romanceros. El dominio de la polimetría castellana de Don Mendo es espectacular. Para mí, que su intención fue la de desmitificar los dramas campanudos de los epígonos románticos. Echegaray y Marquina. La pasión estaba en el teatro, y Valle Inclán aborrecía a Echegaray. Asistía a sus estrenos para chafar la función. En uno de ellos, el protagonista dice refiriéndose a una mujer: –Su piel es de seda pero sus nervios son de acero–. Y Valle-Inclán gritó con su voz tronante y su ceceo: –¡Ezo no ez una mujer, ezo ez un paraguaz!-. Umbral establece un hilo de unión entre Beckett y Muñoz-Seca, en el prólogo a la más bella edición de Don Mendo, del Círculo de Lectores, ilustrada con prodigio por Antonio Mingote usando los lápices de colores de una caja que le regalé para ello.

Hace días, en ese asco de las redes, oí a Pablo Iglesias reivindicar el rencor y el resentimiento en la presentación de un libro que no va a leer nadie. Basaba su odio en el trabajo como asistenta de su abuela en casas pudientes, «de señoritos», es decir, de lo que él ahora representa ingresando más de 125.000 euros anuales. Y finalicé la presentación del libro del centenario de mi tía con la carta que don Pedro escribió con urgencia en su última noche, ya sabedor de que iba a ser fusilado por órdenes de Santiago Carrillo en Paracuellos del Jarama en su próximo amanecer. Memoria Histórica. Ni una palabra de rencor y el pleno perdón a sus verdugos.

Hoy, cien años más tarde, los jóvenes siguen aplaudiendo a mi tía, «La venganza de Don Mendo». Es una tía que domino totalmente de memoria y aún así, me sigue sorprendiendo. La escribió superando dolores lacerantes y un siglo más tarde, está más viva que nunca. Lo clásico no es lo viejo, es lo bueno que permanece, y mi tía, «La Venganza de Don Mendo» está instalada en la inmortalidad. Cien años, y todavía joven y buena.