Opinión

La inhumanidad de la juez

Durante años critiqué al Jurado y durante años he considerado que administrar Justicia es cuestión de jueces profesionales. Sin embargo cada vez soy más partidario del Jurado y que ese involucrarse en la administración de Justicia lo sea en un Jurado puro, nada de escabinado o tribunal mixto. Y, ¿por qué este cambio de parecer?, pues porque ante la creciente deslegitimación de las instituciones y desafecto hacia ellas, veo de primera necesidad que el ciudadano deje de ver los toros desde la barrera y asuma relevantes responsabilidades públicas, y una de ellas es participar del ejercicio de un poder del Estado. Serlo del poder Judicial es de una especial relevancia, mucho más que votar o ser miembro de una mesa electoral: se asume la responsabilidad de que alguien con nombre y apellidos sea condenado o absuelto, lo que aleja de esa tendencia de muchos al juicio de café, en el que es fácil condenar o absolver.

Decidir la privación de libertad de otro no es fácil. Durante el tiempo en que ejercí como juez de instrucción tuve que acordar prisiones provisionales y, la verdad, tener bajo tu responsabilidad a cierto número de personas privadas de libertad me causaba cierto vértigo, sobre todo porque no eran condenados, sino personas investigadas, amparadas aún bajo la presunción de inocencia. Sólo la concurrencia de indicios potentes, relevantes o que se tratase de delincuentes flagrantes y que la decisión se ajustase a las previsiones legales, hacía llevadero el peso y la responsabilidad de tal decisión y contrarrestaba las presiones de abogados o familiares para que acordase la libertad.

Eduardo Zaplana es preso preventivo, está muy enfermo y se clama por su libertad. La razón de su prisión provisional es que está siendo investigado en la llamada Operación Erial, causa sobre la que hay sobrada información en los medios de comunicación. El caso es que la juez que mantiene su prisión, de acuerdo con el Ministerio Fiscal y con la Audiencia Provincial, está siendo literalmente lapidada: en los medios de comunicación y por la clase política de todos los colores; además se recogen firmas y se anuncian querellas. La imagen que se transmite es la de una juez cruel, inhumana.

Ante una campaña que dura ya varias semanas, han sido los jueces y sus asociaciones los que han salido en defensa de la juez. Denuncian un acoso que rebasa la crítica admisible para recalar en el insulto, las amenazas, incluso la persecución y el seguimiento, es más, algunos medios han publicado aspectos de su vida personal, como que sufrió también una grave enfermedad. Incluso hubo un político que encabezó la iniciativa de presentar al Consejo General del Poder Judicial diez mil firmas para que este órgano constitucional instase a la juez a liberar a Zaplana. El Consejo le respondió que entre sus funciones no está precisamente instruir a los jueces sobre qué deben decidir.

No conozco a la juez, sólo sé por otros jueces valencianos que tiene buena fama, una experiencia de treinta años en la instrucción de causas penales, que es conocida por ser muy profesional, nada militante en planteamientos propios de cierto populismo judicial, que procede de una familia de jueces; también que el fiscal es un profesional riguroso y que el caso está bajo secreto sumarial, que hay pendientes comisiones de servicio en el extranjero.

No conozco a la juez pero confío en ella porque es quien conoce qué hay en ese sumario, qué se ha declarado, qué se está investigando, qué justifica una medida dura como es la prisión provisional; confío en una decisión apoyada por el fiscal, confirmada por el tribunal superior y sin objeción del médico forense. Confío porque esas son las reglas; es más, me atrevo a decir que quien haya sido Jurado y asumido la responsabilidad juzgar y condenar –el Estado y todos hemos confiado en él para tal cometido– comprenderá que tal decisión no será frívola sino justificada. Y me preocupa cómo muchos se apuntan al acoso de la Justicia o quedan encandilados del humanitarismo interesado de ciertos adversarios políticos, hermanados de ocasión con Zaplana, pero de corazón con otros políticos presos y hacen de Zaplana una baza para deslegitimar a la Justicia.