PSOE: la identidad valenciana

Mikel Buesa

El adelanto electoral en la Comunidad Valenciana ha pasado por la opinión pública como un asunto menor, como si se tratara tan sólo de una cuestión de oportunismo político y poco más. Sin embargo, tiene más enjundia de lo que parece, pues constituye una nueva muestra de la retrógrada deriva de la izquierda en su aproximación hacia las ideas predemocráticas del nacionalismo; o sea, hacia esa concepción según la cual las libertades no son inherentes a los ciudadanos sino a los individuos que se identifican con una lengua o un territorio. De este modo, cuando Ximo Puig comunicó su decisión –cabreando de paso a sus socios de Compromís– no la sustentó sobre un argumento socialdemócrata, como podría haber sido la apelación a las condiciones del estado del bienestar en la región o a las políticas redistributivas de la Generalitat o, incluso, a la insuficiencia de la financiación autonómica –pues los valencianos están en la cola en cuanto a los dineros que les llegan del Estado–. Es evidente que a Puig todo eso le resbala porque, para su gobernación, lo único que le inspira es la identidad –la valencianía– y, sobre todo, cómo diferenciarla de lo español. Por eso señaló que, al desvincular las elecciones del calendario común –como en Cataluña, Andalucía, el País Vasco y Galicia–, los valencianos votarán «como actores de primera fila». Además, dijo que así, en España, se va a hablar más de su región, cosa que no ocurriría «si hubiéramos ido juntos en el pelotón de las comunidades». Y para redondear el argumento, aclaró que el adelanto electoral «permitirá proyectar los valores propios del diálogo, la honestidad y la eficacia valenciana hacia el resto de España». En definitiva, lo suyo fue marcar el territorio como fundamento de su política, haciéndola indistinguible del nacionalismo.

Está claro que para Ximo Puig lo verdaderamente importante es no ser como los otros españoles, sino ser diferente. Me recuerda a aquel vasco de Oñate, Lope de Aguirre, que se levantó contra el rey Felipe II por «más valer» porque, según escribió, «el que no vale más que los demás, no vale nada». Claro que Puig no es vasco y, por eso, llama más la atención. Sobre todo porque su argumento
–lo del diálogo, la honestidad y la eficacia valenciana– no hay por dónde cogerlo y nada prueba que, en esas virtudes, los valencianos sean ni mejores ni peores que los demás españoles. En resumen, parece que a Puig no le adorna el saber ni la inteligencia. Tal vez por ello se ha hecho adalid de la valencianía porque en el territorio nacionalista hay poco que pensar.