Opinión

Clima: más ciencia y menos política

Madrid acoge la XXV Conferencia de las Partes de la Convención Marco de Cambio Climático de la ONU (COP25) que debía celebrar Chile. España se ofreció a albergar el encuentro, después de que el país andino renunciara a última hora debido a la crisis social en la que está inmerso. Es necesario reconocer el esfuerzo logístico y el logro que supone para nuestro país haber sido capaz de organizar una cita de esta envergadura en cuatro semanas. Madrid es una nueva oportunidad para calibrar el grado de interés de los Estados en la defensa de un planeta sano. Es la última de una extensa nómina de cónclaves con promesas y compromisos internacionales cuyo saldo dista de ser siquiera satisfactorio. Los desafíos por preservar el futuro y hacerlo compatible con el desarrollo de la humanidad son extraordinarios en cuanto al grado de concienciación e implicación de regiones con urgencias y particularidades igualmente diversas. El primer mundo poco tiene que ver con el tercero. Unos llegaron hace tiempo a la prosperidad que los otros siquiera sueñan. Y, aunque todos pisamos un mismo orbe, las responsabilidades no son iguales porque las hipotecas de determinadas políticas tampoco lo son.

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La comunidad internacional afronta una nueva ocasión para dejar atrás frustraciones pasadas y pasar de las palabras a los hechos. El Acuerdo de París de 2015 diseñó un marco de actuaciones que aún hoy es contestado y que ha sufrido andanadas como la retirada de Washington. Precisamente, uno de los propósitos principales de la COP25 es lo que se ha denominado caminar hacia «la transversalidad» en las actuaciones. Que la acción contra la crisis climática no se centre sólo en los gobiernos centrales, sino que involucre a empresas, regiones y a la sociedad en su conjunto. Como concepto, es inteligente y adecuado, pero choca con una realidad adversa en la que los grandes emisores de carbono, China, India y Estados Unidos, se han desmarcado de la batalla. En este sentido, Madrid parece diseñada como una cumbre de transición, de sumar ánimos y de afinar alianzas con los que encarar el futuro, además de establecer dinámicas que sintonicen con la sociedad. Servir de altavoz para proclamar un nuevo mensaje de acción climática que allane el terreno a la gran prueba que supondrá el desarrollo del Acuerdo de París que exige a todos los países la presentación de planes más ambiciosos de reducción de sus emisiones de gases de efecto invernadero una vez finalizada la vigencia de Kioto en 2020.

La realidad del planeta es que el mundo camina hacia un aumento de la temperatura de más de tres grados y está por ver que los países se comprometan con medidas que nos permitan no superar la barrera de 1,5 grados como recomiendan los científicos. Para afrontarla hay retos de envergadura en energía, movilidad, alimentación, salud, modelo productivo e innovación que requieren presupuesto y convicción. Y nada es simple cuando hablamos de lograr un desarrollo eficiente. No hay remedios absolutos, blancos o negros, sino toda clase de grises. Necesitamos evolucionar, proteger nuestro entorno, pero sin dejar a nadie atrás. La catarsis ecológica está ligada a la economía y con ella a la vida de la gente, y es por eso que los organismos competentes tienen la obligación de conducirnos sobre proyecciones estrictas en las que no se sobreactúe por intereses ajenos a los generales. Es prioritario que el debate esté marcado por los científicos y que los políticos renuncien a ideologizar el clima. Urge un mundo sostenible pero no a costa de condenar a quienes necesitan progreso. Padecemos un alarmismo patológico cuando lo que se precisa es razón y conocimiento que son los antagonistas del negacionismo y el apocalipsis. Más investigación y menos dogmas y estigmas sobre lo bueno o lo malvado conforme encaje en una estrategia política determinada o sirva al activismo fanatizado de turno y a sus negocios. El planeta, sí, por supuesto, las personas, también.