“Una sociedad subsidiada y sumisa”

Toda la concepción marxista está trufada de propaganda, mentiras, teorías pintorescas y fracasos edulcorados

La Razón

La izquierda, incluso cuando se modera y viste de socialdemócrata, lleva en su ADN el intervencionismo. Durante décadas no ha tenido margen en la economía porque estamos en la Unión Europea, pero no hay que olvidar que sus economistas bebieron del marxismo en su juventud. No hay que sorprenderse porque eso del intervencionismo es muy grato también para economistas que revolotean alrededor del PP.

Eso del «papá Estado» es algo, también, muy español. Estos días de confinamiento me han permitido recuperar algunas lecturas sobre estos temas que como es lógico me reafirman en mi horror ante las ideas en esta materia del Gobierno social-comunista. Otra cuestión distinta es que en las circunstancias actuales sea necesario monetizar la economía y establecer algún tipo de ayuda directa a la población para conseguir la recuperación nacional. No es muy complicado, porque se trata de aumentar la masa de dinero circulante, antes se usaba el Banco de España y se ha hecho desde la Antigüedad reduciendo la cantidad de oro y plata que tenía una moneda, y subsidiar a la población para que pueda afrontar la falta de ingresos.

Al comunismo y a los economistas de izquierdas bien intencionados, siempre les ha gustado el concepto de renta básica universal. A los primeros, porque cuanto peor mejor y así cuentan con una población subsidiada que es dócilmente controlada para llevar a término sus delirantes proyectos políticos. Estos días he recuperado, como decía, algunos viejos libros de economía de cuando estudiaba, como el marxista «Diccionario de Economía Política» de Borisov, Zhamin y Makarova, cuya lectura nos retrotrae a la realidad delirante de la URSS y sus satélites. En él se encuentran genialidades como «El sistema socialista de economía se desarrolla según un plan y a altos ritmos con miras a satisfacer mejor las necesidades materiales y culturales del pueblo», en cambio, el sistema capitalista es el «conjunto de relaciones económicas entre las economías nacionales de los países capitalistas que asegura una situación dominante a un pequeño número de estados imperialistas» y a una minoría de burgueses desaprensivos.

Toda la concepción marxista está trufada de propaganda, mentiras, teorías pintorescas y fracasos edulcorados, así como la extinción de los economistas disidentes por la vía directa de matarlos. Por ello, no encontré al economista y autor de la teoría de los ciclos largos, Nikolai Kondratiev, que era el discípulo de Tugán-Baranovski. Fue el teórico de la NEP y uno de los autores del primer Plan Quinquenal, pero no merecía ser citado, ya que se opuso a las colectivizaciones forzadas de Stalin, por lo que fue encarcelado y fusilado. Es lo que les pasaba a los intelectuales comunistas desafectos con el régimen. No hay que olvidar que la izquierda radical siempre quiere acabar con los disidentes, el capitalismo y la democracia, porque es burguesa.

Hay que partir de la base de que la renta básica, no importa el nombre que se utilice, es desincentivadora del trabajo y conduce a una sociedad subsidiada que favorece a los trabajadores menos cualificados. Con buena intención, algún amigo economista de izquierdas critica este planteamiento y habla de la necesidad de garantizar un mínimo vital que une, además, con el proceso de robotización. Creen que partimos de la premisa errónea de que la gente no quiere trabajar, pero olvidan que la historia es muy tozuda. En un país donde relatar la picaresca produjo algunas obras literarias de una calidad extraordinaria es un terreno abonado para que mucha gente se apunte feliz a un nuevo subsidio permanente como quiere Podemos. El problema es, además, cómo se paga.

Estos miles de millones que se necesitarían provocarían que se elevara el déficit y se tuviera que acudir a un endeudamiento que con todas las medidas que se adopten y la caída de la economía alcanzará entre el 140 y el 150 por ciento del PIB. La experiencia demuestra que estos subsidios duran mucho más que la emergencia o la necesidad que los justificó. Enseguida, surgen intereses partidistas que conducen, precisamente, a ese modelo de sociedad subsidiada que acaba destruyendo la economía y desincentivando el emprendimiento y la creatividad. Al comunismo le gustan los estómagos agradecidos, por ello es mejor buscar una fórmula no permanente para inundar de dinero, tanto a la población como a las empresas, para reactivar la economía, impulsar la producción, incentivar la exportación y favorecer el consumo.