El final de una anomalía

Me gustaría que Sánchez e Iglesias tuvieran buena voluntad, pero me temo lo peor teniendo en cuenta lo que ha sucedido durante estos 100 días

La Razón

El presidente del Gobierno cerró ayer el desproporcionado estado de alarma con una ración de plasma televisivo. Es sorprendente cuán estrambótica puede ser la estrategia comunicativa de Pedro Sánchez. Lo normal es que hubiera sido una intervención breve con preguntas, pero en esta ocasión decidió regresar a la fidelidad del plasma y nos regaló una oda propagandística que eclipsó a lord Tennyson. Estos monólogos presidenciales se han convertido en un género periodístico que entusiasma a algunos colegas de izquierdas que eran fervorosos antisanchistas hasta que triunfó la moción de censura. No es difícil entender las razones que les hicieron ver la luz. Es una lástima que en estas ocasiones no se utilice la solemnidad del Palacio Real, que fue la sede de la jefatura del Estado durante la Segunda República. Eran republicanos, pero les gustaba vivir muy bien. Es lo que sucede siempre con la izquierda y sus aliados del colectivo pijo-progre, happy flower y perroflauta. Como ahora gobierna una coalición social-comunista hemos tenido 100 días de tranquilidad. Les ha parecido muy bien el estado de alarma, las chapuzas de Illa y el canonizado Simón, el escándalo de las compras de material, los problemas de suministro, las limitaciones de derechos fundamentales, la crisis económica… todo está francamente bien porque tenemos un gobierno fetén.

La izquierda sí que mola y no esos plastas de la derechona que siempre van contra el progreso, la libertad y las clases trabajadoras. Es la superioridad moral de la izquierda siempre tan bien glosada por sus plumíferos y otros palmeros. La capacidad propagandística de la Moncloa es descomunal y se ve multiplicada gracias a la presencia de Podemos en el consejo de ministros. No me duele en prendas reconocer que han estado magistrales durante estos 100 días. Han sabido hacer de la necesidad virtud y han convertido la tragedia de las residencias, que ha afectado de igual forma en el resto de los países, como ariete contra el PP mientras estigmatizaban a Vox como la ultraderecha. A los periodistas nos gusta la ultraizquierda de los comunistas y anarquistas, pero nos repugna la ultraderecha. ¿Y quién decide lo que es bueno o malo? ¿Quién reparte los carnés de buenos ciudadanos? Como es evidente siempre la izquierda, porque la derecha se siente acomplejada y necesita palmadas en el hombro.

Estos cien días han servido para confinar a la población sin ningún problema. La realidad es que no había materiales sanitarios que hubieran permitido un modelo más moderno y menos medieval. El gobierno ha decidido que no había otra alternativa que el estado de alarma y el entramado progre ha repetido como papagayos una propaganda aderezada de los livianos conceptos aprendidos apresuradamente en la inestimable Wikipedia. Por supuesto, los juristas amantes del uso alternativo del Derecho han corrido a aplaudir el recurso a la excepcionalidad. A la izquierda jurídica, tanto a los moderados como a los radicales, siempre les ha gustado. No olvidemos cuán grato les ha sido el adoctrinamiento en el siglo XX. Los que criticaban esta anomalía eran rápidamente descalificados, ya que era un anatema apartarse de la manada en esta realidad distópica que hemos vivido. Ha sido un interesante ensayo para una mayor radicalización ideológica en el futuro, que ahora no es posible, siempre lo he tenido claro, pero en estos tiempos de crisis e incertidumbre nada es imposible. Los comunistas no han dejado de ser comunistas.

Ahora toca gestionar la crisis económica. Lo más acertado sería la búsqueda de acuerdos, pero esta utopía es la peor pesadilla para los amantes de la distopía que apoyan al Gobierno. La obsesión contra el centro derecha es una evidente patología de estos jóvenes y no tan jóvenes airados provenientes en su mayoría de las clases medias y acomodadas de empresarios, funcionarios de los cuerpos de elite del Estado o profesionales liberales. Por eso les gusta tanto la «spanish revolution». El socialismo tiene una base electoral más amplia e incluso hay algún hijo de trabajador. Ahora todos son el sistema y forman parte, por supuesto, de la casta. Los comunistas organizaron un sólido esquema de castas en la Unión Soviética y sus países satélite, así como en China, Camboya, Vietnam o Corea del Norte. Les gusta mucho la buena vida. Los palacios, dachas, mansiones y fincas fueron repartidas entre la nomenclatura.

La sociedad ha sufrido un cambio importante en los usos y modos sociales que durará muchos meses hasta que se controle el covid-19, pero espero que volvamos a la normalidad. El término «nueva» es una detestable expresión comunista. El Gobierno espera durar mucho tiempo gracias a la división del centro derecha y el apoyo de los independentistas, los aprovechados regionalistas y la izquierda radical. A pesar de la crisis económica, la realidad es que se ha aprendido de la anterior y lo importante es controlar la calle. La factura será enorme, pero las subvenciones sociales garantizan años de tranquilidad. Los neosanchistas, aterrados ante la posibilidad de perder el poder, serán valiosos aliados contra los que no se sometan a la estrategia gubernamental. Las proclamas por el diálogo y el acuerdo, muchas bienintencionadas, están dirigidas a someter al PP. Me gustaría que Sánchez e Iglesias tuvieran buena voluntad, pero me temo lo peor teniendo en cuenta lo que ha sucedido durante estos 100 días.