Don Juan Carlos y la ofensiva contra la Corona

Ahora se quiere demoler su figura, más allá de las equivocaciones que haya cometido y cuya importancia se exagera interesadamente, para provocar un cambio de régimen. No sólo es una injusticia, sino un grave error

La Razón

Más allá de Tartesos, cuya localización es el sueño de cualquier arqueólogo, el primer estado español fue el reino godo de Toledo. El proceso de descomposición del Imperio Romano de Occidente dejó una serie de reinos germánicos en el territorio europeo que son el origen de la mayor parte de los actuales países europeos. Las fronteras se fueron modificando pero se produjo una integración entre los ciudadanos romanos y aquellos que en su día se denominaron bárbaros. Por eso, las raíces de Europa son la cultura greco romana, el cristianismo y esos pueblos germanos. España ha sido un reino, o conjunto de reinos, desde que los godos fueron derrotados por los francos en la batalla de Bouille (507) y se replegaron a Hispania, como bautizaron los romanos a la península. Como excepción están la Primera y Segunda República de muy triste y trágico recuerdo.

La monarquía ha ido evolucionando a lo largo del tiempo adaptándose a las necesidades cambiantes de la sociedad. Es precisamente esta capacidad, así como su eficacia y ejemplaridad, la que garantizará o no su continuidad. No depende, por supuesto, de las ambiciones de Podemos, los antisistema y los independentistas que quieren acabar con España. Estos días se escuchan despropósitos alrededor de esta institución y se olvida que varias monarquías se encuentran entre los países más avanzados y democráticos del mundo. Los antimonárquicos quieren aprovechar la oscura y confusa ofensiva contra don Juan Carlos para acabar con la institución e iniciar un proceso constituyente.

Los españoles hemos sido proclives a demoler nuestros mitos a lo largo de la Historia. A esto se añade esa tendencia a la hora de politizarla para ponerla al servicio de intereses partidistas. Esto hace que no se pueda hablar o escribir con rigor histórico del período que va desde la Segunda República hasta la Transición. A día de hoy podemos aplicar el criterio que muy bien señaló García de Valdeavellano cuando escribió que su Historia de España, que desgraciadamente no concluyó, acababa con Alfonso XIII porque consideraba que lo que seguía era política. No le faltaba razón, porque lo sigue siendo.

Es lo que sucede ahora con la figura de don Juan Carlos. El rey nació en Roma el 5 de enero de 1938 en el exilio en el que se encontraba la familia real tras la proclamación de la Segunda República. Su padre se había convertido en rey tras la renuncia de Alfonso XIII y por ello utilizaba el título de conde de Barcelona, que es privativo de los reyes de España. Otra cuestión distinta es que nunca pudo serlo de forma efectiva, ya que Franco decidió que le sucediera el hijo y no el padre. A pesar de ello, don Juan Carlos aplicó la lógica de supervivencia de la dinastía y aceptó esa decisión porque lo contrario hubiera significado que Franco eligiera otro príncipe de la Casa de Borbón. Este concepto dinástico, que se inculca desde niño, explica muy bien la dolorosa decisión que ha tomado Felipe VI de apartarlo porque la institución siempre está por encima de la familia.

En contra de lo que mucha gente puede pensar, Don Juan Carlos ha tenido una vida muy difícil hasta que su actuación durante el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 consolidó definitivamente la institución. A pesar de ello, en su memoria siempre estará el recuerdo del exilio y las condiciones en que vivieron sus padres. Era un niño de diez años cuando pisó por primera vez territorio español, el 8 de noviembre de 1948. Don Juan y Franco habían acordado el 25 de agosto que el príncipe de Asturias se trasladara a España para realizar sus estudios. Al conde de Barcelona solo le reconocía su condición de infante y a su hijo no lo consideraría príncipe de Asturias sino de España. España era en ese momento una monarquía sin rey. Fueron años muy difíciles en un ambiente muy hostil contra su padre. No estuvo seguro de que sería el sucesor hasta que, como me explicó, Franco le concedió la Zarzuela como residencia tras su viaje de bodas. Cuando era un cadete se produjo el peor momento de su vida al dispararse accidentalmente una pistola mientras jugaba en Estoril con su hermano pequeño, el infante don Alfonso. Esta tragedia hizo que se planteara abandonarlo todo e ingresar en un monasterio, pero su padre le hizo jurar ante el cadáver de su adorado hermano que cumpliría con sus responsabilidades dinásticas y regresaría a la Academia de Zaragoza.

La soledad ha sido su permanente compañera e incluso ese aire triste que a veces le he visto siempre me ha llamado la atención. No le fue fácil ser príncipe de España saltándose a su padre, que era el legítimo rey, para ser el jefe de Estado que impulsó la Transición. Renunció voluntariamente a cualquier poder efectivo, incluso residual, para ser el mejor embajador ante el mundo que ha tenido nuestro país. Ha sido el rey que necesitaba España desde que asumió la Corona en 1975 hasta que sus circunstancias físicas le hicieron entender en 2014 que era mejor dar el relevo a su hijo, porque la España del siglo XXI necesitaba un jefe del Estado que estuviera en su plenitud. Unos meses antes de su abdicación hablé con él y me insistió mucho en que lo más importante era estar al lado de su hijo y apoyarle. He de reconocer que no pensé que su renuncia estuviera tan próxima, aunque cuando le pregunté me dijo que en el momento en que tuviera claro que no estaba condiciones de seguir tomaría esa decisión. Ahora se quiere demoler su figura, más allá de las equivocaciones que haya cometido y cuya importancia se exagera interesadamente, para provocar un cambio de régimen. No sólo es una injusticia, sino un grave error.