El móvil del profesor Pleguezuelo

Un chico que usa ocho horas seguidas su Smartphone al día se somete a ocho horas de vida imaginaria

Una parte esencial de mi analógica, pre tecnológica y confinada vida, tiene lugar a través de y gracias al móvil. La información más interesante que he recibido estos días de ruina y pandemia es que existe un profesor de historia, Juan Jesús Pleguezuelo, que también tiene un móvil, al cual, por cierto, saca más partido que yo al mío. Al parecer resume en un minuto el reinado de Carlos III o Fernando VII. He leído esta noticia en El Mundo (16-9-2020) y me ha parecido una historia inverosímil. ¿Se puede resumir en un minuto el reinado de Carlos III? Seguro que no hacen falta cuatro tomos, pero un minuto parece un poco poco. Esta iniciativa, sin embargo, de Pleguezuelo, me ha interesado porque vivimos todos, y en especial la gente muy joven, en un mundo de imágenes y audios. Un chico, por ejemplo, de quince años, a quien yo conozco, se puede tirar ocho horas diarias utilizando su smartphone. Esto es una jornada de trabajo completa de un adulto. La intención pedagógica de Pleguezuelo se ve con claridad y es muy loable, por eso escribo este artículo. Se trata de un razonamiento sencillo: el Smartphone es el vehículo único de aprendizaje escolar que tiene chico. Pleguezuelo lo sabe y en vez de lamentarlo, por ejemplo, se sirve de esta situación para incrustar ahí sus clases de historia. Durante este medio año sin clases presenciales se ha hecho famoso por sus audios de veinte minutos donde ha resumido todo el temario de 4º de la ESO y de Bachillerato. Yo mismo me he asomado esta tarde, con ayuda de un amigo, a su historia de España para la Selectividad. La tesis de este benemérito profesor es sencilla: «El móvil bien usado es una poderosa arma de aprendizaje. Teniendo un teléfono hay muy pocas barreras para enseñar. Yo intento que mis alumnos aprendan a usar con sentido las redes sociales». A mí me parece que este intento pedagógico merece una meditación detenida. Y he empezado por decir que a mí me parece inverosímil un aprendizaje así. La razón es que tengo ochenta y un años y no estoy acostumbrado a estas técnicas. Según la información de El Mundo, también sus alumnos presenciales hacen lo mismo: oyen sus podcast, que reproducen los contenido del currículo antes de entrar en el aula. «Una vez dentro del aula yo se lo repito y vuelven a casa con el tema prácticamente aprendido». Lo que yo quisiera saber no es el resultado pedagógico sino el resultado psicológico de un procedimiento semejante. Sin duda es servirse inteligentemente de un instrumento de uso común entre los jóvenes y no tan jóvenes. Hasta ahora yo había oído decir que para los profesores el móvil era un enemigo en sus clases. Ahora se convierte en un aliado. «Si no puedes con tu enemigo, únete a él». En ese mismo artículo se cita en relieve una frase de Pleguezuelo que dice: «Hay una exposición excesiva a la imagen, debemos recuperar la palabra y la atención». Estamos en una situación extrema. De ahí la justificación del método empleado por Pleguezuelo. Así, cuenta que lo que más le conmovió fue un alumno que después de estar tres semanas sin dar señales de vida se las apañó para conseguir un móvil «desde el que le confesó que no tenía wifi ni datos, pero quería aprender como fuese». Estamos, pues, viendo cómo un profesor serio y preocupado por sus alumnos resuelve un problema real. Las imágenes, sin embargo, son estructuras psíquicas complicadas. Las imágenes no son presenciales nunca: son intencionales, refieren a una realidad exterior, sea histórica o sea real. Un chico que usa ocho horas seguidas su Smartphone al día no se somete a sí mismo a ocho horas diarias de aprendizaje, sino a ocho horas de vida imaginaria: el mundo real, la percepción, las emociones de las relaciones humanas, se le disuelven en una especie de película editada por él mismo. Se trata, pues, de una consciente producción de irrealidad. Una especie de descompresión de la conciencia para hundirse en la imagen, por simplificar. Luis Cernuda escribió en una ocasión: «Bien sé yo que esta imagen, fija siempre en la mente/no eres tú, sino sombra/del amor que en mí existe». Estamos en la subjetividad pura. El poeta es consciente de que tiene la imagen, pero no tiene la realidad. Eso para Cernuda era doloroso. Su libro «La realidad y el deseo» está lleno de hiatos: son las distancias entre las imágenes, el deseo de las cosas imaginadas y la realidad, que unas veces coincide con nuestras imágenes y otras no. A mí, personalmente, el experimento de Pleguezuelo, me parece atrevido y valiente. La única pregunta que me hago es si con ese método no se maleducan los estudiantes. ¿No se acostumbrarán demasiado a sustituir el peso y la borrosidad y las dificultades que la realidad misma presenta, por nítidas imágenes bien secuenciadas, fílmicas?