El ocaso político de Pablo Iglesias

Podemos es, en realidad, Pablismo y no está claro que el pablismo vaya a sobrevivir a Pablo Iglesias

Kiko HuescaEFE

Madrid ha terminado siendo la tumba política de Pablo Iglesias. El ex dirigente de Podemos ha decidido abandonar todos sus cargos y dejar la política profesional para regresar a los platós de televisión que lo vieron nacer como personaje público. Se cierra así una muy convulsa etapa de la historia española caracterizada por el nacimiento de un partido populista que ha jugado a polarizar y a crispar hasta el extremo la vida social dentro de España (criminalizando y demonizando a todo el espectro ideológico-político): sí, ese partido –Podemos– sigue vivo y todavía forma parte, de hecho, del gobierno de España, pero sin Pablo Iglesias jamás volverá a ser el mismo partido. Dejando de lado las luchas intestinas que se producirán tan pronto como los malos resultados comiencen a llegar bajo el previsible mando de Yolanda Díaz, lo cierto es que Iglesias imprimió sus ideas, su personalidad en la naturaleza y estructura mismas del partido: tan es así que aquéllos que discrepaban o bien con el fondo (Anticapitalistas) o bien con las formas (Errejonistas) terminaron siendo laminados y apartados de la formación. Podemos es, en realidad, Pablismo y no está claro que el pablismo vaya a sobrevivir a Pablo Iglesias (al igual que el riverismo ciudadano tampoco ha sobrevivido a Albert Rivera). En este sentido, quizá todavía sea apresurado juzgar cuál ha sido el rol histórico de Pablo Iglesias en la historia reciente de España, más allá de intoxicar el debate político. Los habrá que ensalcen a Iglesias como el gran estratega que consiguió que, por primera vez desde la II República, la extrema izquierda entrara en un gobierno de España. Pero, al mismo tiempo, también cabría reputar a Iglesias como la persona que fracasó a la hora de aprovechar un atípico contexto histórico (el de una profunda depresión como la acaecida en el período 2009-2013) para lograr convertir a una formación como Podemos en la fuerza hegemónica dentro de la izquierda (algo que, no lo olvidemos, sí estuvo a punto de conseguir durante algunos meses, allá por finales de 2014 y principios de 2015). El PSOE no siguió el destino del Pasok griego ni Podemos el de Syriza. Quizá otro tipo de liderazgo, aún más populista, lo habría conseguido. Por suerte no ocurrió ni, ya a estas alturas, terminará ocurriendo.