Punching Ball

Mientras Iglesias estaba en medio, todos apuntaban hacia él. El hombre ha tenido una virtud inefable: concentrar en sí mismo todos los defectos del Gobierno

EUROPA PRESS/A.Ortega.POOL

Con la marcha de Pablo Iglesias del Gobierno y la vida pública (que no de los emolumentos a cargo del erario nacional), ha comenzado a levantarse el telón del escenario político. Ese telón está subiendo poco a poco, a trompicones, pero imparable, dejando ver la escena real, sin obstáculos, camuflajes ni decorados. La verdad, en tiempos de posverdad, lo tiene amargo, pero acaba por asomar la carita. Y los dientes. Eso está aconteciendo ahora. Hasta las elecciones madrileñas, esta pandemia —espantosa, bíblicamente devastadora— ha estado tapando, disimulando, el Frankenstein donde se apoya el Gobierno, como el telón de un teatrillo. El covid-19 y Pablo Iglesias han ejercido de pantallas de la realidad. Han distraído a la sufrida ciudadanía de lo que hay. Del horror. No por poner a Iglesias en una categoría epistémica comparable a un coronavirus (que cada cual juzgue según su conciencia, rencor o devoción), pero es evidente que el ex vicepresidente (mon Dieu) ha sido también parapeto del presidente Sánchez. Mientras Iglesias estaba en el Gobierno, servía de blanco para las iras del respetable, que a pesar de permanecer aparentemente imperturbable, ahora que vamos enfilando los dos años de restricción de libertades y derechos básicos, de paro, encierros, chifladuras, recesión y hambre, empieza a comprender lo que valen de verdad una caña, respirar, moverse, abrazar, votar y un berberecho. Mientras Iglesias estaba en medio, todos apuntaban hacia él. El hombre ha tenido una virtud inefable: concentrar en sí mismo todos los defectos del Gobierno. Mientras sus menguantes fieles le veían un aura de héroe norcoreano, la mayoría lo acusaba de ser más malo que el contador de la luz. Una vez desaparecido, ¿dónde irá la rabia de los contribuyentes, cabreadas, parados, jodidos, votantes patrios…? El Gobierno es un equipo que funciona en negativo, pues se apoya en los que desean que España no funcione, lo cual es una paradoja política cuya resolución imposible aliviaba la figura de Iglesias, que con su chaletazo con piscina bolivariana distraía la legítima rabia de la mayoría inmersa en una miseria floreciente. Ahora que no está, alguno lo echará de menos… Pero, sobre todo, Sánchez.