Estamos desnudos
Puigdemont no es Konrad Adenauer, pero le llega para entender cómo se van abriendo los mares para su regreso a Cataluña
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Pronto nos quitaremos la quirúrgica. Llevo apuntado en mi cuaderno que la mascarilla concede a nuestra belleza el beneficio de la duda, que es lo poco que nos queda. En la mayoría de los casos, al descubrir el rostro tapado experimentamos una pequeña decepción, pues en lo oculto imaginamos una cara más bonita, una dentadura más blanca, una nariz más pequeña, una mandíbula que muestre más determinación. No somos guapos, pero somos buena gente. En un monte de La Rioja han acampado dos centenares de nuevos hippies en una reunión nudista en favor del amor universal. En cada periódico trabaja un redactor que, nostálgico de un ayer lejano y despreocupado, escribe desde el escándalo que en la comuna practican «sexo a todas horas» y que empujan más que la delantera de los All Blacks; no será para tanto. La ley obliga a taparse la boca, pero no dice nada de lo demás. La mascarilla es la nueva hoja de parra. Estamos desnudos.

Volverán las caras al aire, las oscuras golondrinas y Puigdemont de Waterloo. En el pelo de Carles anida el cuento de la libertad del pueblo catalán y una docena de palomos buchones. Es Santiago Carrillo con pelazo en lugar de con peluca. A Oriol Junqueras ya lo comparan con Mandela. En diez años, los documentales nos lo venderán como la princesa Disney de la segunda transición o será la tercera, qué importa. Se trata de sembrar una mentira y esperar. Mi padre mandó a casa de unos ganaderos de Salamanca una caja de txakoli y un par de kilos de percebes y al tiempo le respondieron que el vino estaba algo picado y que habían plantado los percebes en la huerta: «Lo otro lo sembramos y a ver qué pasa», dijeron.

Puigdemont no es Konrad Adenauer, pero le llega para entender cómo se van abriendo los mares para su regreso a Cataluña. Con la reforma del delito de sedición, la reducción de las penas y el derribo de la estructura argumental del Estado en el debate internacional, en un tiempo entrará en Barcelona subido en una borriquita de la raza de Girona y será recibido por multitudes que llevarán en sus manos ramas de olivo. España no podrá decir ni «Esta sentencia del Supremo es mía». Dijo Sánchez que traería a Puigdemont a España, pero no de esta manera.

«Dijo Sánchez que» debería considerarse un género periodístico en sí mismo. Quizás el daño mayor de esta cosa que no sabe uno cómo llamarla sea el proceso argumental que lleva a desmontar la versión del Estado por la que los que habían vulnerado la Ley eran los independentistas. El Gobierno se ha empeñado tanto en defender los indultos de los políticos presos que le aseguran la legislatura que ha terminado dándole la razón a los condenados. En dos días, el sanchismo te cambia la bañera por un plato de ducha y te monta esta cosa del final del enfrentamiento, la magnanimidad y en definitiva el proceso de paz con los catalanes que vendrá de la mano del nuevo Govern. Tienen tantas esperanzas en Pere Aragonés que se le está poniendo cara de niño torero. Si alguien escucha al Gobierno, entiende que viene a poner fin a un conflicto en el que los dos bandos han agredido y que se va a subsanar un error de todos, a defender la concordia y el diálogo frente a una justicia revanchista, excesiva y vengativa. Así se arrastra a España por el lodazal de admitir que estaba equivocada, aunque no se sabe en qué.