Su abogado defensor
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El mayor problema de Sánchez es que, para desgracia de todos, no existe la credibilidad en su palabra, tras comprobar cómo sus promesas y compromisos carecen de valor alguno. Antaño había que acudir a la hemeroteca para verificar eventuales incumplimientos, pero la sociedad digital es demoledora al respecto, y quien lo dude que se lo pregunte a Pablo Iglesias. Escucharle así apelar a la «comprensión y a la magnanimidad» frente a sus obligados indultos, resulta patético porque en la postverdad y el relativismo en que está instalado, resuena solo a falsedad, necesidad e interés personal y exclusivo para sobrevivir políticamente.

La magnanimidad es una noble virtud propia de almas generosas y con altura de miras, capaces del sacrificio personal, el perdón y el olvido de mentiras, injurias y calumnias recibidas de pobres diablos. En el caso que nos ocupa, lo que debe mover a la comprensión y a la magnanimidad no es una cuestión personal, sino el bien común de los españoles, gravemente dañado por los sediciosos separatistas, que no sólo no se disculpan del daño provocado, sino que se pavonean de ello.

Sánchez actúa del mismo modo pidiendo magnanimidad y comprensión, y no venganza ni revancha, cuando su papel debe ser el de la exigencia del respeto a la ley y al interés general de España. Es ofensivo que sólo pida comprensión para quienes han roto la convivencia saltándose la Constitución sin propósito de enmienda, asumiendo su relato. Cual si fuera su abogado defensor.