Formación y empleo
Debemos revisar nuestro portfolio educativo y redefinir lo que debemos enseñar
Rafael Puyol

Hubo un tiempo en el que se acusaba a la Universidad de ser una “fábrica de parados”. Esta afirmación, utilizada en la etapa de fuerte masificación universitaria de los años 80 y 90 del siglo pasado, si ya entonces era desmedida, hoy resultaría completamente injusta. Es cierto que en el periodo señalado se produjo una cierta inflación de titulados universitarios que no salían con la mejor preparación del mundo y no tenían un fácil acomodo laboral, pero es preciso reconocer que con ellos se redujo un déficit histórico de graduados y se logró un avance decisivo del progreso económico y del desarrollo social del país .En la actualidad tenemos menos estudiantes y menos graduados con título superior, pero poseer esta formación facilita la incorporación al mundo laboral y reduce las tasas de paro. Según datos de la EPA (1T,2021), el índice general de desempleo para ambos sexos y todas la edades desde los 16 años, es del 16 % y para los titulados universitarios del 10 %. Y si nos vamos al grupo de 25 a 29 años, la tasa general de paro es del 24 % y la de los universitarios del 17 %. La comparación de los datos de los 7 grupos según el grado de formación que establece la EPA, pone de manifiesto que la tasa va bajando a medida que aumenta el nivel educativo. Así pues, la formación es un pasaporte para el empleo y un antídoto eficaz contra el paro.

Pero no todo en la relación formación/empleo son luces. Hay también algunas sombras que plantean importantes desafíos. Dos grandes indicadores permiten calibrar el alcance de esas penumbras. El primero es la peor situación relativa que España posee en relación a la mayoría de países de su entorno socioeconómico. Con los datos de la publicación de la OCDE (Education at Glance, 2019) se puede comprobar que el valor del desempleo de los jóvenes universitarios españoles entre 25 y 34 años (12%), es uno de los más elevados de la U.E., con la excepción de Grecia (19%) y en el mismo nivel de Italia. Contrasta esta cifra con las tasas de Alemania (3%), Holanda (2%), Suecia (4%), Francia (6%) o Portugal (7%). El segundo indicador se refiere al análisis del segmento entre 25 y 29 años que refleja la existencia de 184.000 parados con título universitario en el total de desempleados con esa edad (501.000), una cifra alta e indicativa de que el título superior es condición conveniente, pero no siempre infalible para evitar el paro.

Evidentemente esto se relaciona con la endeblez de nuestro mercado laboral, pero también con las deficiencias e insuficiencias del sistema formativo superior. Pese al elevado número de alumnos todavía existente, tenemos una tasa de abandono en el primer año de estudios del 22 %, valor que se suma a ese más del 20 % de hombres y 14 % de mujeres entre 18 y 24 años sin completar la ESO. El abandono universitario refleja circunstancias diversas entre las cuales no es menor la frustración que determinados alumnos experimentan ante la enseñanza recibida. Pese a ello existe todavía una gran producción de graduados con difícil asiento en el mundo laboral. La razón principal de esta dificultad reside en el desajuste entre la formación recibida y las condiciones y exigencias de los puestos de trabajo demandados . Así lo dicen las empresas y así lo reconocen los propios titulados. Una encuesta de la Fundación Universidad-Empresa señala que 6 de cada 10 estudiantes graduados confiesan no estar suficientemente preparados cuando salen de las aulas y el 90 % de ellos dicen necesitar una formación adicional para realizar su trabajo con eficacia. La distribución de los discentes por grandes áreas de conocimiento muestra una clara inclinación hacia las ciencias sociales y jurídicas (casi un 47 %) y una menor predilección por las ingenierías (18 %) y las ciencias de la salud (19 %), con algunas de las profesiones más demandadas. Por otro lado, esa preparación adicional ansiada podría ser proporcionada por los másteres, pero solo una quinta parte de los estudiantes de grado acceden, al acabar, a esa formación de postgrado.

Además del desajuste entre los titulados producidos y los que necesita el mercado, es preciso mencionar las imperfecciones de la formación en la mayoría de los estudios. Seguimos abusando de los contenidos teóricos y no ofrecemos la suficiente preparación práctica o las competencias para alcanzar los niveles de empleabilidad requeridos. Competencias para fomentar la creatividad, las habilidades comunicativas, el trabajo colaborativo y en equipo, la gestión de los proyectos, el pensamiento crítico y, por supuesto , las capacidades digitales.

Creo que debemos revisar nuestro portfolio educativo y redefinir lo que debemos enseñar. Y, por supuesto, hacer una apuesta más decidida por la formación continua que hasta ahora no ha tenido la oferta suficiente en la actividad universitaria.