Como lo que me sale de los cojones

La persecución de la carne figura tanto en esa basura que es la Agenda 2030 como en el Plan 2050

Marta Fernández Jara Europa Press

Este Gobierno nos quiere prohibir volar cuando el trayecto sea inferior a dos horas, eso sí, el Falcon del satrapilla de La Moncloa no se toca, ya sea para ir a ver a The Killers en Castellón o para llevar a los amiguetes a Doñana. Este Ejecutivo nos ordena, además, la hora a la que tenemos que planchar, básicamente, porque la electricidad está más cara que nunca. Las cosas de este Ejecutivo progresista, de los escudos sociales y la riqueza energética. Asimismo, estos socialcomunistas van a sancionar penalmente a quienes elogien la dictadura franquista, olvidando que por mucho asco que nos provoque, es un acto amparado por la libertad de expresión. Eso sí, hacer apología del comunismo, que ha matado más que ninguna otra ideología, o de ETA sale ya prácticamente gratis. Estos indocumentados también nos van a dictar por cuánto alquilamos la casa que heredamos de nuestros padres o el apartamentito en la playa que apenas utilizamos. No menos indignante es esa medida de encarecer hasta la náusea los coches diésel, los más empleados por los españoles en general y por los que menos renta disponen en particular. Objetivo: proscribirlos. De la misma manera, esta banda pretende que hablemos como a Irene Montero le da la realísima gana con esa gilipollez supina del “todos, todas, todes”. Y ahora, en un movimiento que parece hilarante pero es preocupante, plantean prescribirnos cuánta carne comemos. El vídeo de Alberto Garzón, presidido por el lema “Menos carne, más vida”, puede parecer una bufonada pero si lo analizamos fríamente llegaremos a la conclusión de que estamos ante un tic autoritario supino. El ministro sin Ministerio, Consumo fue tradicionalmente una Dirección General, expresó su “preocupación” por la salud “del planeta” y la de sus “conciudadanos”. Lo cual es de agradecer. Lo que hasta ese momento se antojaba un ejercicio de paternalismo protagonizado por un ministro iluminado, pero no mal tipo, se transformó sin solución de continuidad en una alocución propia de un ministro de esa Corea del Norte que indica a sus compatriotas cómo se tienen que cortar el pelo, cómo han de vestir y, ojo al dato, cuál tiene que ser su alimentación. “Comer tanta carne”, abundó el comunista, “perjudica nuestra salud y la del planeta”. Su argumentario, equiparable al del líder de una secta, fue más allá: “Sin planeta no tenemos salarios, sin planeta no tenemos economía, sin planeta no tenemos nada”. Claro y sin Big Bang no existiría el universo, vaya lumbreras. El argumento de los ecologistas tontos es que las vacas generan mucho CO2 con sus pedos y hacen más caca de la que la Tierra puede soportar. Olvidan que estos mamíferos llevan aquí cientos de miles de años soltando cuescos y heces. Y a Garzón hay que recordarle que lo que provoca paro y pobreza son sus palabras. Los sectores cárnico y ganadero facturan 42.000 millones al año y emplean a ¡¡¡900.000!!! españoles. Sánchez salió al quite cantando las excelencias de un buen chuletón. Tan mentiroso como siempre, obvió un nada insignificante detalle: la persecución de la carne figura tanto en esa basura que es la Agenda 2030 como en el Plan 2050. Yo, mientras tanto, advierto a Garzón y a estos enemigos de la libertad individual que seguiré comiendo lo que me salga de los cojones y que de mi salud ya me ocupo yo. Hasta ahí podíamos llegar.