Tiempos

La clásica «memoria histórica» se ha convertido en «democrática» porque llevando ese apellido (¡democrática!) se supone que nadie osará oponerse a ella

Jesús G. FeriaLa Razon

El presente es hostil. Pero, a cambio, los próceres y egregias de la nación nos han prometido otros tiempos: pasado y futuro. Sobre el pasado, gracias a las nuevas leyes el contribuyente actual podrá vivir feliz en él, congratulándose. La clásica «memoria histórica» se ha convertido en «democrática» porque llevando ese apellido (¡democrática!) se supone que nadie osará oponerse a ella, pues el que lo hiciera sería acusado de «anti democrático», obviamente. Aunque una no sabe cómo la memoria puede ser democrática. «Bien estudiada», sí. «Precisa», siempre. Pero «democrática»… La pregunta es, entonces, si la memoria podría ser también liberal, socialista, republicana, imperialista, dictatorial… Como si la memoria tuviese vida propia y, más que un ejercicio de retrospección y análisis, la memoria fuese un ser humano completo y complejo, con su ideología y su manera de mirar el mundo. Lo que excluiría de la memoria a todos aquellos que no tienen las mismas creencias que quien ha delimitado e impuesto dicha memoria en forma de ley. El apellido «democrático» es, por supuesto, un escudo, un broquel ante los disconformes. Llamar «democrática» a una ley tiene la ventaja de enviar el claro mensaje: «Todo el que esté en desacuerdo conmigo será antidemócrata, por ley», pero asimismo es un exceso nominativo que parece encubrir algo de lo que adolece, como esos países que se adornan con el título «Democrática» (Republica Democrática de Corea, República Democrática del Congo…, etc.), precisamente haciendo alarde de lo que carecen. Claro que, además del pasado, nos ofrecen el futuro: España 2050. Generosamente, se nos promete un futuro propio de la reina de Alicia (la del País de las Maravillas, que terminó atravesando el espejo), nos dicen que: «Podrás comer pastel mañana». Cuando, al día siguiente, Alicia reclamó su pastel, la reina le contestó, airada: «Te dije que tendrás pastel mañana, y hoy no es ayer ni mañana». Así, nosotros también vivimos con la ilusión de comernos el pastel del ayer y del mañana, ya que el presente resulta enojosamente hambriento. Lo malo es que hoy –el duro presente que vivimos– no es ni ayer ni mañana. Y nunca lo será.