Música

Condena inmortal

ABBA vuelve -es un hecho- y no hay explicaciones posibles en este mundo para los motivos de tanta crueldad

Fredrik PerssonEFE

La semana que viene –disculpen la coquetería– cumpliré sesenta años. Cuando uno se acerca a este tipo de números redondos no puede evitar hacer un poco de balance de lo vivido. Mirando hacia atrás, tengo la sensación de que he tenido una vida rentabilizada bastante positivamente. Corro el riesgo de parecer, para los más miopes, uno de esos tipos encantados de conocerse. Nada más lejos de mi intención: el concepto que tengo de mí mismo no es precisamente formidable; pero lo cierto es que he conocido bastantes experiencias (algunas de ellas innegablemente muy poco comunes), variados sobresaltos y, en general, he disfrutado en este valle de lágrimas de más momentos de comunión que de miseria. En todo momento he intentado comer buenas viandas, beber buenos vinos, trabajar en cosas estimulantes con todo el rigor a mi alcance y protegerme siempre en lo posible de los climas perjudiciales, de las enfermedades mortales y de las canciones de ABBA. Es por eso por lo que, después de vencer tantos obstáculos y sortear tantos peligros de los habituales en la vida, la noticia del retorno –después de casi medio siglo– del grupo de música sueco me ha causado una verdadera impresión. ABBA vuelve -es un hecho- y no hay explicaciones posibles en este mundo para los motivos de tanta crueldad.

Cuando el Coronel Kurtz del relato de Conrad volvía del corazón de las tinieblas y hablaba de lo indecible del verdadero horror, existen muchas posibilidades de que se estuviera refiriendo a una audición especialmente agónica de «Chiquitita» o «Fernando». Se me dirá que si eso es así, cómo se explican entonces las millonarias cantidades de discos vendidos de los suecos. Y yo contraatacaré argumentado que también tiene el mismo éxito multimillonario el cine de terror. Al humano le atrae el abismo, qué le vamos a hacer. Hasta la fecha, uno estoicamente aceptaba que la felicidad siempre ha de tener fin, porque eso quedaba automáticamente contrapesado por el hecho simétrico de que también le pasaría lo mismo a la desgracia. Pero ahora los hologramas amenazan ese fatalismo resignado. Con lo digital queríamos inmortalizar la belleza y puede que también inmortalicemos las condenas.