Parchear el gas
Trasladar el esquema del déficit de tarifa al mercado del gas es una idea horrorosa
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Una de las medidas estrella del Gobierno para lograr que los consumidores abonen facturas energéticas más baratas en el actual contexto de encarecimiento global del gas ha sido la de imponer un precio máximo a la Tarifa de Último Recurso (TUR) del gas. Así, con independencia de cuál sea el coste de adquisición del gas, los consumidores de este combustible fósil sólo sufrirán un alza del 4,6% durante el último trimestre del año, en lugar del 29% que deberían haber experimentado de acuerdo con la evolución presente del coste de la materia prima. ¿Significa ello que las comercializadoras de gas venderán a pérdida? No, en absoluto. Según ha matizado el Ejecutivo, la suma que deje de cobrárseles hoy a los consumidores se les pasará a cobrar a partir de abril del año que viene, cuando –según sus confiados cálculos– el precio internacional del gas comenzará a bajar. Se trata, por tanto, de pagar artificialmente menos hoy (cuando el gas es caro) y pagar artificialmente más mañana (cuando el gas esté barato). La idea no es novedosa: la aplicó José María Aznar durante su segunda legislatura (y se prolongó durante los gobiernos de Zapatero) en lo que se denominó «déficit de tarifa». Los consumidores de electricidad pagaron durante años un precio inferior a su coste y, mientras tanto, se iba devengando una deuda con el sistema eléctrico que no era asumida ni por las propias compañías eléctricas ni por el Estado, sino por unos consumidores que ni siquiera eran conscientes de que se estaban endeudando: hoy todavía estamos haciendo frente a esas deudas históricas con sobrecargos dentro de nuestro recibo de la luz. Trasladar el esquema del déficit de tarifa al mercado del gas, aunque sea por un breve lapso de tiempo, es una idea horrorosa: los consumidores no restringen su demanda de gas aunque éste se haya vuelto más caro, las empresas mantienen sus altos beneficios (solo que los cobrarán en el futuro) y, mientras tanto, se va generando una deuda injusta con las generaciones venideras. Es decir, en su intento desesperado por salvar los muebles ante su electorado, el Gobierno está parcheando injusta e ineficientemente nuestros mercados energéticos: pan para hoy y hambre para mañana.