Los niños tristes contagian menos

No se entiende que los niños vuelvan al colegio y en cambio se suspendan las cabalgatas de Reyes

Chapu Apaolaza

Ya está otra vez lloviendo como nunca. Durante la siesta se ha venido la borrasca por sorpresa y ha entrado en la ciudad por entre el hormigón y el metal. De pronto, se ha puesto Madrid como el Paseo Nuevo de San Sebastián, con ese toque desesperado y chic de charco de la cuesta de enero. Ajenos al mal tiempo, los niños de Madrid -hoy niños donostiarras-, van por ahí con el chambergo, la mojadura y la carta a los Reyes. Niños que han sido todos muy buenos, niños de catálogos de juguetes con las esquinas dobladas para marcar las páginas con los regalos favoritos, niños que duermen con un ojo abierto y los nervios agarrados en la barriga, niños que sueñan con coronas, armiños y barrunto de peste de caca de camello. Niños de lista de treinta mil juguetes y niños que solo piden que se ponga buena mamá. Niños de mansión y de chabola, de colegio privado y de patinete en las colas del hambre. Niños que miran la inmensidad de la noche por la ventana y preguntan sobresaltados: ¿Papá, has visto eso? Niños estrella sobre el portal, niños para adorar, niños para seguir siendo niños. Y les hacemos cada perrería. El día diez van a volver a clase y en algunas ciudades mañana no podrán ver la cabalgata de los Reyes. Es decir: que pueden ir al cine pero no a ver las carrozas al aire libre. Será que lo niños tristes se contagian menos. Me recuerda a cuando en las Traineras de San Sebastián se prohibieron los instrumentos de animación “especialmente los bombos”. O cuando Urkullu pidió que no se cantaran villancicos en Nochebuena y la gente que esa tarde había ido en metro al gimnasio, pasaba de acudir a la cena en casa de los cuñados porque eran once a la mesa. No sé cuándo ni cómo se superpusieron la prudencia con la aversión a la alegría.

En Madrid sí que hay cabalgata y vamos a ir a gritarle a Gaspar -“¡Gaspaaaaarrr!”- y a volvernos locos de esperanza. Vamos a gritar a nuestro Rey Mago hasta quedarnos roncos como gritan los náufragos a un barco que pasa cerca de su isla. De momento, ha venido al barrio el cartero Real, que es como un secretario de Estado de Oriente, y los niños le tienden recelosos la carta como si les entregaran la declaración de la Renta. Yo he escrito la mía. Dice así: “Queridos Reyes Magos, mi Españita ha sido muy buena. Traedle todo lo que quiera. El año pasado os pedí sudor, saliva, tres filas de gente para pedir en los bares, un katxi de kalimotxo en una barra de chapa caliente con un toro por una calle en fiestas de Navarra y unos buenos sanfermines. Este año solo os voy a pedir un poco de paciencia”.