Radicales

El castrochavismo, socialismo del siglo XXI (de actual solo tiene el nombre), ha arreciado en su ataque a la democracia liberal

Ángela Vallvey

Ha habido inquietantes protestas indígenas en Ecuador, nada espontáneas: es fama que el indigenismo es un nuevo recurso «robolucionario» del comunismo neocastrista, elegido por la supuesta inviolabilidad moral y el prejuicio racista de la premisa: «Nadie se atreverá contra el ‘pobrecito indígena’…» En América, precisamente porque los pueblos cada día se movilizan menos ellos solos, la izquierda se radicaliza de preferencia agitando resentimientos raciales. Pero la mayoría de la gente no es extremista. Tampoco los indígenas, por supuesto. Los extremos –geométrica, o ideológicamente–, son más pequeños, menos numerosos, que la centralidad. La mayoría solo aspira a vivir tranquila, no al activismo con peligro de muerte. La mitad del censo electoral occidental no vota casi nunca, hastiada de una oferta política donde no se reconoce, dejando así que decidan los extremos pese a que representan a minorías «extremadamente» minoritarias. La mayoría solo quiere comer, trabajo, techo, dignidad para sus hijos, vivir en paz. La estrategia porfiada, frenética, de «¡Estamos luchando contra el fascismo!» cada vez la creen menos: a la mayoría centrada le parece un aspaviento ridículo que, lejos de movilizar al indiferente, logra aumentar su repugnancia hacia la política (y los políticos), cosa nada buena. Así, el abstencionismo facilita que las leyes las conciban los muy motivados: los extremistas, y se está desquiciando la política en buena parte del mundo occidental, incluida Latinoamérica, azuzada por la propaganda neocastrista. La Confederación de Nacionalidades Indígenas en Ecuador lleva la violencia a las calles y moviliza indígenas porque los usa como carne de cañón en disturbios desestabilizadores, encaminados a derrocar gobiernos «de derechas, ¡fascistas!». El castrochavismo, socialismo del siglo XXI (de actual solo tiene el nombre), ha arreciado en su ataque a la democracia liberal. Está sumando éxitos en Latinoamérica, donde los partidos de izquierda dura que no conquistan las urnas consiguen el poder mediante protestas sangrientas. En España, su éxito también es visible… Y todo ello en una época en que el número de personas asqueadas, con derecho a voto, que renuncian a acudir a las urnas, es lo único que progresa adecuadamente.