Política

Pongamos que hablamos de Queipo de Llano (y de otros)

Los dos bandos anunciaron una orgía de sangre y vaya si la hubo. Queipo, al cabo, fue una malograda estrella de radio

El general Queipo de Llano fue uno de los mayores represores y asesinos de la Guerra Civil. Su amigo Bohórquez, cuyos restos también reposaban en La Macarena, no se le quedaba atrás, más bien le cogía la delantera depende en qué tareas sanguinolentas. Escuchar hoy a Queipo por la radio es incendiar el tímpano con una vela, hacer que el oído explote con su propia cera. Claro que no se levantaron un día y se volvieron así, como si hubieran tomado un brebaje; había estallado una guerra, ese lugar que en el que manda es un criminal.

Estaban enterrados en la basílica de La Macarena porque las fuerzas anticlericales del bando rojo casi destruyen el templo. Los mismos que dejaron unos 6.000 religiosos en no se sabe qué cunetas, solo que a este Papa le da lo mismo porque piensa que España fue Argentina. Y no. Bohórquez fue especialmente generoso en la reconstrucción así que le dejaron un pedazo de lápida para que descansaran allí todos sus pecados. O sea, Queipo y Bohórquez no se hubieran sepultados allí si nada de esto pasa. Conviene recordar la historia completa porque llegar a la mitad de la película tiene estas cosas, que no te enteras de por qué los malos se vuelven buenos, o al revés.

Cuando Feijóo dice que no le interesa el pasado sino el futuro está escondiéndose del debate que él cree de antemano perdido y que es el pecado original de la derecha española en la Transición: tenía que haber levantado todas las alfombras antes de que la izquierda solo cogiera las que le interesaban. Todavía la derecha pena porque la izquierda le acusa de matar a Lorca, lo que ya viene siendo indecente, y por eso guerrillea como una gallina antes injusticias grotescas, como la de retirar bustos de Pemán, torbellino de dolores.

Lo cuentan tantos historiadores como escritores, he ahí a Wenceslao Fernández Flores («El terror rojo», Ediciones 98, 2021), o los más conocidos «Madrid, de corte a checa» (Ed Renacimiento) de Agustín de Foxá, el hombre que tuvo más talento que lectores. Si la llamada Ley de Memoria Democrática tuviera que poner una placa en cada calle de Madrid donde se torturaba y mataba a españoles no le llegaba el presupuesto. Este año se publicó que Paracuellos lo petaba en la fiesta de Halloween. Me pareció una nota irónica, allí donde yace Muñoz Seca y otros tantos que de estar enterrados en la Almudena habrían sido desahuciados. Los dos bandos anunciaron una orgía de sangre y vaya si la hubo. Queipo, al cabo, fue una malograda estrella de radio.