¡Al fútbol!

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De las inmediaciones de la Plaza Mayor de Madrid, por Ramales y Puerta Cerrada, la voz del cobrador de la camioneta llegaba a todos los rincones: «¡Al fútbol, al fútbol!». Este transporte, autocar desvencijado de las películas de Martínez Soria, servía de complemento a los autobuses de línea. Y en San Isidro, «¡a los toros!». Se anunciaba el espectáculo a kilómetros del Metropolitano, del Bernabéu o de Las Ventas. Y la destartalada camioneta, con el billete a precios populares, atestada. Costumbrismo, un colorido diferente del que hoy, medio siglo después, se aprecia; mas un elemento en común: el espectáculo, que en un partido puede ser bueno o malo y en una corrida no se descarta que entre los toros se cuele algún manso y alguna cabra. Ni el tícket semiclandestino ni la entrada al estadio o al coso garantizan el éxito. Por eso resulta difícil de digerir que se centre el debate en el singular lanzamiento de un penalti y no en el partido Barça-Celta, en general, y en el segundo tiempo azulgrana, en particular.

El único aficionado que se conforma con el resultado mondo, porque el fútbol se lo sirven con cuentagotas, es el del Atlético, que bastantes calamidades ha pasado como para andar con quejas ahora que es segundo. El espectáculo del Atleti tiene su origen en el máximo riesgo y en el instinto de supervivencia, que va para tres años que se codea con los colosos, sin complejos. En el Madrid, jugadores como Marcelo, Modric, Isco, Benzema, James y Cristiano animan al seguidor a renovar el abono y al público, a adquirir una entrada. En el Barça viven en el séptimo cielo con el tripartito (Messi, Neymar y Suárez), Iniesta y Busquets. Merece la pena ver repetido el choque con el Celta porque el espectáculo es magnífico y apoteósico. Regates sublimes, combinaciones de fantasía, goles de bellísima factura, un gran conjunto desbocado y otro buen equipo desbordado. Imágenes para la posteridad, fintas imposibles y... el penalti. El cobrador de la camioneta se habría desgañitado: «¡Al fútbol!».