¿Alguien «sobra»?

Aún no consigo olvidar un titular que leíamos en este periódico hace casi dos semanas: «Asunta «sobraba» para sus padres tras la separación». Me encogió el corazón una realidad quizá más común de lo que imaginamos, que explica muchas de las atrocidades que ocurren. Quien piensa que alguien sobra es que no tiene el valor de afrontar la realidad ni de hacerse cargo de lo que le toca vivir, peor si se trata de las consecuencias de una decisión propia. Desear la muerte a alguien, o incluso llegar a ejecutarla, es de cobardes, perseguidos por el miedo y la amenaza de verse desbordados o mejorados. Creo que el origen del mal que promueve todo tipo de barbaridades está en la cobardía que, como decía Michel E. de Montaigne, es la madre de la crueldad. Me pongo en la piel del que «sobra» y se contestan muchos interrogantes acerca de ciertas conductas de quienes no terminan de encontrar su lugar, quizás porque quien tiene el deber consuetudinario de ayudarle a hacerlo no ha sido capaz, no ha sabido, o peor aún, no ha querido mostrarle el camino, porque pasó a estorbar en su vida, o no entra en sus planes tal cometido. Así de triste y así de dañina es la realidad de demasiadas personas que un día cualquiera empiezan a molestar. Pues como digo en el libro que acabamos de presentar, «Nunca es demasiado tarde...», para perdonarse a uno mismo y empezar la vida que todos merecemos: queriéndonos y sabiendo que siempre hay un lugar en el que no estamos de más.