Basta de ofensas

La Razón
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¿Qué tendrá que ver el culo con las témporas? Las explicaciones chuscas de la señora Manuela Carmena a sus días de promoción comercial, hermanamiento ideológico y no se sabe qué más en Argentina, son un insulto. Pero además evidencian que cuando a Podemos y sus satélites se les pilla con el carrito del helado –¡y ya van unos cuantos!– lo más penoso es intentar tomarse en serio las burdas excusas que esgrimen para defenderse.

Ahora la alcaldesa de Madrid manosea a los sindicatos, recurre a cálculos y prorrateos varios para justificar sus jornadas de asueto y, por supuesto, nada tiene que decir del entregado y egregio patrocinio a la causa antisistema de la señora Cristina Fernández de Kirchner. Porque, ¡claro!, Cristina no es casta ni se ha visto envuelta en sórdidos casos de corrupción ni ha destrozado la economía doméstica de sus ciudadanos. ¡Nada! ¡Una dirigente ejemplar!

Pero no nos engañemos. Cuando la izquierda –especialmente la extrema– se ve ante la acuciante necesidad de proteger sus privilegios o rechazar sus errores la respuesta se repite. Levantan el puño, bien cerrado. O se enfundan los ropajes retóricos de la progresía. O se erigen en los campeones olímpicos del amparo a los desfavorecidos. O se arrogan todos cuantos triunfos legislativos en la historia se han obtenido en la salvaguarda de los derechos de los trabajadores. ¡Caso resuelto!

¿Y la autocrítica al periplo porteño por Argentina de la delegada de Iglesias en Madrid? Ni ha llegado ni llegará. Quizá la capital de España no estaba tan patas arriba como denunciaban los de las camisetas moradas antes de llegar a la Cibeles. O quizá con su talento innato y su sobresaliente perspicacia son capaces de arreglar los problemas de los vecinos sin dejarse la piel. Pero exactamente esto último es lo que deberían estar haciendo. Empezando por la jefa.