Buena educación

Antiguamente la buena educación en el comer consistía, incluso para las personas de menos prosopopeya, en unas cuantas normas básicas que parecían inalterables: no apoyar los codos sobre la mesa, masticar con la boca cerrada, no hablar mientras se está masticando, secarse los labios antes de beber y no al revés; no levantarse hasta no haber terminado todos los platos (aunque el anfitrión podía hacerlo para descorchar una botella de vino y servirlo a sus invitados, cosa que ocurría sólo en casa de los finústicos)... Cuando se trataba de una comida elegante, las mujeres vestían traje de cóctel y los hombres de oscuro, en unos tarjetones se indicaba el lugar que ocupaba cada comensal y el menú se redactaba en francés si al anfitrión le petaba. A la izquierda del plato se colocaban los tenedores de pescado, carne o postre y a la derecha la cuchara de sopa, la pala de pescado o los cuchillos de carne y postre. Ante el plato, el cubierto para entremeses o de «lunch» (cuchillo y tenedor). La servilleta se colocaba sobre el plato y, una vez empezada la comida, sobre las rodillas del manducante. Si se trataba de lo que en los años 50 se denominaba piadosamente «una reunión juvenil», todos los manuales de protocolo recomendaban a la mamá tener el buen sentido de permanecer alejada o incluso largarse de casa, preferiblemente para una temporada.

Hace poco, el diario «The Independent» recordaba atinadamente cómo la tecnología ha transformado las reglas de buena educación: ahora, mantener el teléfono móvil junto al plato es una petardez, un desprecio a nuestros acompañantes. Tuitear y subir fotos de la comida a Instagram, una cochinada virtual. Usar cigarrillos electrónicos, apesta. La Tablet, la consola, los videojuegos o cualquier otro e-ingenio en la mesa son síntoma de grosería...

¡Los tiempos cambian!