Cabina de camión

«Estoy tan delgado, que ni siquiera se me calientan los pies al andar», me dijo aquel tipo poco antes de doblar la rodilla y morir. Recordé entonces lo que la escritora Kate Sinclair le había escrito en una carta a su amigo Al, narrador de las historias del Savoy: «Mi made me inculcó desde niña la idea de que a un hombre hay que juzgarlo por la sensación de sinceridad y entereza que transmite, hasta que me hice mayor y descubrí que lo que me gusta de un hombre no es que inspire confianza, sino que desprenda calor, igual que un piso es un hogar si su atmósfera de repente al entrar en él te empaña las gafas». Hay una cierta sabiduría existencial en la actitud de muchas mujeres al identificar la esperanza con la luz, y la felicidad, con el calor. Que un hombre sea singular u ocurrente y tenga las ideas lúcidas puede ser incluso irrelevante en comparación con que tenga la calidez emocional del pianista y las manos ácimas, mullidas y calientes del panadero. Admito que me resulta interesante el recuerdo de aquella carta en la que la veterana escritora Kate Sinclair le definía a su amigo Al su postura acerca de la relación entre la grandeza moral de un hombre y la temperatura de su cuerpo. Después de hacer recuento de algunas experiencias muy personales, disipaba cualquier posible duda sobre su manera de entender ciertos valores humanos: «Aunque no dudo sobre los grandes valores morales del ser humano y en algunos casos acepto su valor casi canónico, me resisto a creer que una reflexión sea por su propia naturaleza más interesante que un impulso. Maldigo la desgracia de haber llenado mi vida de decisiones sensatas. Estuve unas cuantas veces en la cabeza de un hombre inteligente, pero echo de menos haber pasado al menos un rato en el corazón encebollado de uno de esos tipos rudos en cuyo pecho hace el mismo calor que en la cabina de su camión».