Con el buen tiempo que hacía

Debe de ser propio de la condición humana –o de determinados estados de paranormalidad patriótica– no darse cuenta de la cercanía de las catástrofes. Por más pruebas evidentes que existan sobre lo inevitable del desastre, nadie parece darse cuenta ni estar dispuesto, por lo tanto, a evitarlo. Incluso aunque las instrucciones del manual indiquen que, siguiendo por ese camino, sólo se conseguirá, como se dice ahora, el «choque de trenes», se mantiene ciegamente la dirección, como si ya no estuviera en manos de nadie y la Historia hubiese entrado en su «dispositivo automático», que debe ser lo más cercano a ser guiado por la voluntad del pueblo. El maquinista loco. Hace cien años, tal día como hoy, en las playas belgas de Ostende todavía se bañaba la gente y en Baden retozaban bajo el sol; había llegado el rumor de que en Sarajevo un nacionalista serbio asesinó al archiduque austrohúngaro. Con el buen tiempo que hacía... Al emperador Francisco José le habían quitado un muerto de encima y su mayor preocupación era organizar un funeral sin demasiado oropel, para que quedase claro que quien mandaba despreciaba a su sobrino y heredero. Ese mismo verano de 1914, el escritor vienés Stefan Zweig estuvo en Tours, según cuenta en «El mundo de ayer» –memorias de la historia del derrumbe europeo–; una tarde fue al cine y observó aterrorizado cómo al aparecer en el noticiario previo el emperador Guillermo, los muy civilizados paisanos de Balzac, hombres, mujeres y niños, estallaron en gritos e insultos contra su enemigo alemán. Escribió Zweig: «Me asusté hasta los tuétanos, porque me di cuenta de hasta qué punto debía de haber progresado el emponzoñamiento provocado por años y años de propaganda». En cuanto a sus amigos escritores en lengua alemana, participaron con entusiasmo en esa orgía nacionalista y juraron que jamás volverían a tener relación cultural con franceses e ingleses. Días después, sin saber cómo, las playas se vaciaron y empezó la primera gran matanza de Europa.