Contra diplodocus

La Razón
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La ciencia salta por la ventana en cuanto silba la bocina de la política espectáculo y el filibusterismo ideológico. Encantados de disparar contra lo que no entienden, los gorilas del micrófono agitan los espantajos de unos científicos a los que tildan de paniaguados. Algo así como una suntuosa camada de gatos persas a la que damos frisquis con cargo a los presupuestos generales del Estado. Todavía es peor cuando acusan a geólogos, físicos, climatólogos, paleontólogos y biólogos de participar en excéntricas conspiraciones para demonizar el petróleo y fomentar la paranoia sobre el cambio climático, que como todo dios sabe es un invento pergeñado entre Al Gore y Michael Moore. Me fascina la capacidad de algunos para reír de cuanto ignoran. No me sorprende, claro, porque la demagogia es barata, ladrar cuesta menos que estudiar y cualquier borrico tiene hoy mesa en las tertulias para proclamar que dos y dos no siempre suman cuatro. A la necrosis mental lo llaman disparidad de criterios. Serían capaces de rebatir a Einstein y Galileo por aquello de que toda idea, por imbécil que resulte, merece ser respetada. El penúltimo capítulo en esta película de terror lo constituyeron los tijeretazos contra los presupuestos de la NASA, agencia que al decir de no pocos adánicos tendría que desintegrarse por cuanto sus investigaciones no son de este mundo y tampoco ayudan a los afectados por el hambre o las víctimas de la malaria. El último, los intentos de demolición de los museos de historia natural a lo largo y ancho de EEUU. Una campaña que el pasado domingo denunciaba en el «New York Times» el escritor y naturalista Richard Conniff. Que si son obsoletos. Que si no le interesan a nadie. Que si sólo sirven para acumular tibias de brontosaurio y ardillas disecadas. Etc. Cuenta Conniff que un gobernador alcornoque acaba de cerrar el museo de Historia Natural de Illinois para ahorrar al estado 4,8 millones de dólares anuales, por más que desde la institución se le respondiera que generaba 33 millones anuales en turismo y becas. Insensible a las críticas, aplaudido por una claqué de pelotas, el gobernador clausuró el edificio. Desde entonces «los huesos de 10 millones de especies animales, recolectados a lo largo de 138 años», fosforecen en la oscuridad de un recinto fantasmagórico. Conniff cita a Eric Grimm, director del museo fenecido, convencido de que se trata de «un acto de corrupción política y anti-intelectualismo maligno». Por si fuera poco la National Science Foundation ha anunciado que en 2016 no concederá fondos a las colecciones de historia natural. A mí me interesa sobremanera la cuestión del anti-intelectualismo. Igual que la excelencia ha sido tachada de inoportuna y el esfuerzo de reaccionario, la ciencia podría ser declarada en busca y captura. Bien porque sus conclusiones molestan, bien porque opera a tan largo plazo, y es tan reactiva a la banalidad, que cuesta demasiado instrumentarla y rara vez ofrece réditos electorales. Lo diagnosticó hace tiempo Carl Sagan, «vivimos en una sociedad exquisitamente dependiente de la ciencia y la tecnología, y en la que prácticamente nadie sabe algo de ciencia y tecnología».