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Corrupción, también, de este a oeste

El gorigori matutino de Irene Montero, quien salmodió ante sus somnolientas señorías todos los casos de corrupción que han afectado al PP desde los tiempos de Fraga (literalmente: nombró a Naseiro y a Lapuerta), supuso un triste recordatorio de la historia reciente de la picaresca española, si bien afectada de ese mal típicamente nacional que desde Ortega y Gasset denominamos «hemiplejia moral». La relación alfabética del mangazo ofrecida por la futura señora de Iglesias, desde Andratx hasta Zetta, avergonzaba con razón a la parte derecha del hemiciclo pero nada tendría la nueva política distinto a la vieja si su sucursal andaluza, por ejemplo, no recordase cuánto ha robado la izquierda en el Sur. De Ayamonte (Huelva) a Aguadulce (Almería), o sea, sin salir de la primera letra del abecedario aunque recorriendo seiscientos kilómetros de costa. ¿Apoyaría Teresa Rodríguez una moción de censura para desalojar de la Junta al podrido PSOE regional? Si su principal preocupación es el uso maloliente que hacen algunos gobernantes del dinero público, no habría un segundo de duda entre Juanma Moreno y cualquier socialista que le pusiesen enfrente. En términos cuantitativos, había menos motivos para montar el circo con Cifuentes o Rajoy que los existentes para propiciar una alternancia por las bravas en San Telmo, pero está visto que Podemos valora sus pactos municipales con Susana Díaz (ella permite a Kichi gobernar en Cádiz, verbigracia) demasiado como para ponerse inflexible con sus corruptelas. El curso natural de las cosas lleva a la constitución de un bloque de zurditos en el que oficiarán de monaguillos de la socialdemocracia, como ha ocurrido toda la vida. Lo saben, y están aprovechando el «prime time» para exprimir sus últimos minutos de gloria.

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