Cuando casi fallecí

La Razón
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Hace unos años, sufrí una experiencia no precisamente feliz. En un consejo de administración, para sorpresa mía, descubrí que su figura máxima anteponía gustos privados a la buena marcha de la empresa y que el responsable, también máximo, miraba hacia otro lado pese a que unas horas antes me había dicho todo lo contrario. No sé exactamente qué se movió en mi interior, pero, al final de la lamentabilísima reunión, me sentí mal y rogué a mi guardaespaldas – sí, tuve que contar con un guardaespaldas durante casi una década – me condujera a mi domicilio. Fue estando ya en casa cuando, al tomarme la tensión, descubrí que había subido de forma exagerada. Seguramente, la prudencia hubiera aconsejado que acudiera a urgencias, pero decidí ir a trabajar como siempre. Sólo unos días después, hablando con un par de especialistas – siempre me gusta contar con una segunda opinión – supe que resultaba absolutamente prodigioso que un infarto cerebral no hubiera acabado con mi vida. Uno de ellos incluso me dijo de manera taxativa: «Lo normal después de subir hasta donde subiste es que ya no se baje vivo». Aparte de darle las gracias a Dios por permitirme seguir algunos años más en este mundo, no he dejado de preguntarme durante este tiempo qué había impedido mi muerte en aquella triste ocasión. Finalmente, la semana pasada me la dio Pilar Muñoz, una psicóloga que, durante años, ha colaborado conmigo. Al realizar una exposición –la tercera – sobre la estructura cerebral, me señaló que se debía a que el mío, a diferencia de otros, trabajaba en el cuarto nivel. No entiendan por esto que soy más inteligente o sofisticado. No, la cuestión es que no pocas veces limitamos los niveles cerebrales en que vivimos nuestra existencia. Nos preocupa lo material, lo cotidiano, lo inmediato. Más allá del trabajo, de pagar las cuentas y de algún otro elemento añadido – quizá incluso el amor a la familia – nada nos interesa. En casos así, con nuestra mente aferrada a los dos primeros niveles, una subida de tensión derivada de ciertas impresiones como la que yo experimenté suele tener como resultado el fallecimiento. Simplemente, lo más relevante de nuestra existencia es triturado y nuestra vida se extingue. En mi caso, considero otras cuestiones muchísimo más relevantes. Casi fallecí en lugar de caer fulminado. Ciertamente, hay cosas más importantes que el trabajo. El cerebro lo sabe.